13 Mayo 2009
A pesar de lo que pueda sugerir el título, no tratamos aquí de las diferencias de significado y procedencia en parejas de palabras de falsa variación morfológica (manzano-manzana, bolso-bolsa, barco-barca, ni otros claramente no emparentados pero-pera...) sino de los procedimientos selectivos para cubrir plazas de funcionario docente, dicho de otro modo, de los concursos-oposición.
En concreto, a fecha de 13 de mayo no ha sido publicada la convocatoria oficial en la Comunidad Valenciana, para el cuerpo de profesores de enseñanza secundaria, apenas un borrador provisional sin validez administrativa, meramente informativo, según el cual las pruebas comienzan el 25 de junio, es decir, apenas en mes y medio. Y, a menos de mes y medio para la prueba, los opositores desconocemos los datos concretos y oficiales, pues, como se ha anticipado, los documentos de que dispones son ‘informativos' y, proporcionados, además, por los grupos sindicales y no por la Conselleria d'Educació, órgano responsable de estas gestiones.
La gestión administrativa y la burocracia se organizan mediante plazos que los usuarios (sean estudiantes, opositores o ciudadanos en general) debemos respetar para ir cumpliendo con la normativa. Ahora bien, ante la falta de una publicación oficial de dichos plazos, los usuarios operamos con documentos provisionales, no definitivos, que pueden verse alterados por el único documento que se aplicará y que será inalterable (hasta que otro lo sustituya o reemplace) que es la convocatoria oficial.
Sin esa convocatoria oficial todo es trabajar y estudiar en el aire, con hipótesis, sin certeza de que lo que hay provisionalmente no vaya a cambiar en el último momento. Así las cosas, en caso de que algo se modificase, contaríamos con menos de un mes y medio (a fecha de hoy, pues sigue la cuenta atrás) para subsanar aquellos aspectos que habiéndose ajustado a lo provisional, no se adecuasen a lo oficial. Podría darse el caso de que hubiera entonces que replantear y reelaborar todo el trabajo de un año, concretamente, en la parte práctica.
Además de las cuestiones técnicas que contiene el documento y que orientan el desarrollo de las pruebas y el diseño de los documentos que han de presentarse, la publicación de la convocatoria oficial abre un conjunto de plazos que han de ir cumpliéndose siguiendo la normativa. El año pasado la convocatoria se publicó con fecha de 15 de abril y estamos a 13 de mayo, como mínimo no saldrá hasta mañana 14 (un mes más tarde, ¿no?). Una vez publicada, se abre un plazo para las solicitudes, otro para la publicación de la lista oficial de admitidos, otro para la subsanación de dicha lista, otro para comprobar los tribunales y su constitución según la norma establecida... Me pregunto si quedará tiempo material de ir cumpliendo esos plazos, o si se tendrán que replantear y convocar ciertos procedimientos de un día para otro, con el perjuicio que eso supondrá para los usuarios. Me pregunto si existe alguna cláusula en todo el aparato administrativo que regule los plazos mínimos para publicar una convocatoria con respecto al día de realización de la prueba, en efecto, sería de agradecer que, en previsión de posibles modificaciones de la normativa de una convocatoria a otra, se publicara con un plazo de entre tres a seis meses de antelación. Así, para unas pruebas que se celebran a finales de junio y durante el mes de julio, la convocatoria (oficial) se tuviera a principios de año. Lo demás es trabajar sobre hipótesis carentes de oficialidad.
Esperemos que la consecución de las plazas no se vea comprometida por la tardanza en los plazos, pues no soy nueva en esta plaza y para esta prueba ya es muy corto el plazo. En fin, ojalá que a corto plazo yo también tenga una plaza.
Marta Montañez (13-05-09)
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6 Febrero 2009
A veces no me salen las palabras,
se agolpan, se enredan, se ofuscan,
e incluso se marchitan
antes de que sepa pronunciarlas.
A veces no me salen las palabras,
a mí, que tanto hablo,
se me apaga un poco el alma,
me aturullo, me freno, me callo.
Como mucho, balbuceo, emito
sin sentido voces que no dicen nada.
A veces no me salen las palabras,
como hoy me ha pasado contigo,
que aún queriendo decir,
me he quedado callada.
Solo consigo decírtelo así,
con versos que quieren ser poema
y no son más que frases enlazadas,
con las que intento, en vano, gritarlo,
y apenas si te susurro "gracias".
A todos los que están ahí cuando más los necesito y, hoy, en especial,
a Sara, por su mirada de comprensión que, aunque silenciosa, me habla en voz alta.
Marta Montañez (06-02-09)
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21 Enero 2009
Se ha iniciado oficialmente el periodo de exámenes universitarios y llegan las prisas porque todo se acumula: trabajos y prácticas de última hora, estudiar los últimos temas, repasar toda la materia, ponerse al día con los últimos apuntes... Todo lo último.
Todo proceso evaluativo, como bien saben los pedagogos y los profesionales de la didáctica, es complejo porque influyen una serie de aspectos que repercuten, se quiera o no, en el resultado que es lo que, en definitiva, se evalúa. Todo planteamiento metodológico trata de buscar la mejor solución para evaluar lo que se ha aprendido y la calidad del aprendizaje (la suma de lo que ya se sabía y de lo nuevo) y, así, surgen distintos modos de evaluar, aunque todos responden a dos cuestiones primordiales: qué y cómo.
Estas dos preguntas no reflejan sino la eterna dupla entre forma y fondo: la forma es el procedimiento (examen, trabajo, práctica, reseña, exposición, presentación...) y el fondo es el contenido, los conocimientos o técnicas adquiridos, según el caso. En general, no se recomienda utilizar un único procedimiento evaluativo, es decir, que el alumno no se lo juegue todo a una carta, normalmente, un examen escrito; pero diversificar los datos para evaluar al estudiante suponen un incremento de trabajo para el profesor que, además del procedimiento de examen habitual e imprescindible como comprobación del producto del aprendizaje, tiene que evaluar el resto de documentos o materiales presentados por el alumno.
Cuantos más datos posea el docente, mejor criterio tendrá para hacer una evaluación más ajustada a la realidad, pero, al mismo tiempo, mayor carga de trabajo se le acumula. Este es mi caso: al solicitar una o varias prácticas adicionales, teniendo en cuenta que el número de alumnos supera los 90, debo evaluar en estas fechas alrededor de 3000 folios con datos sobre lo que saben los discentes a mi cargo.
Esta cifra yo me la he buscado, porque creo firmemente que un examen (como producto del aprendizaje) no es suficientemente informativo sobre lo que sabe o no una persona. El trabajo en el día a día es fundamental para evaluar la capacidad de alguien, no solo lo que hace un día puntual. Una de esas fórmulas inventadas para evaluar mejor es la que se ha dado en llamar ‘evaluación continua', que, mal aplicada, no es más que una forma de evaluar el producto como suma de varios subproductos: en efecto, el resultado es la acumulación del proceso, pero eso no implica evaluar dos veces lo mismo. Me explico. Muchos centros de primaria y secundaria optan por preparar exámenes finales o hacia el final en los que, independientemente de las notas que se vayan obteniendo, se vuelve a evaluar a los estudiantes de los mismos contenidos. Es como si, una vez superado el examen teórico de conducir, nos volvieran a evaluar los contenidos teóricos en la prueba práctica. Es cierto que para poder presentarte a la práctica necesitas haber superado la teoría, pero no volver a evaluarte de ella. Por todo esto, considero que debe entenderse la evaluación continua como evaluación del proceso de aprendizaje, como obtención de datos en el día a día para determinar el resultado o nota final.
El examen final es insustituible, como hemos avanzado, pero insuficiente, puesto que confluyen diversos factores imprevisibles que pueden perjudicar al estudiante cuando, por desgracia, no puede demostrar lo que sabe en el ratito que dura la prueba. Así, no se puede perder de vista el estado anímico (preocupación, tristeza, ansiedad, nerviosismo...), la hora del examen (a primera hora, a media mañana, después de comer, a media tarde... no se hace igual un examen que otro), el estado físico (sueño, cansancio, dolor -de cabeza, de estómago, de espalda-, hambre, sed, calor, fiebre...), el lugar del examen (la distancia desde la que se acude, el posible desplazamiento, las condiciones de la propia aula de examen: temperatura, humedad, luz, incomodidad del espacio...) o, simplemente, se puede tener un mal día.
Tampoco hay que olvidar el funcionamiento de la memoria: se considera que, aproximadamente, en menos de una semana se pierde entre un 20 y un 40% de lo aprendido, y que, después de un examen, se pierde más del 60% de lo estudiado si no se refuerza ese aprendizaje adquirido. Por ello, el estudiante debe aspirar a la máxima nota posible, previendo esa pérdida que se produce desde que uno estudia o repasa hasta el momento de examinarse.
En definitiva, nunca se puede demostrar en una única prueba todo lo que se sabe. No hemos hablado de la suerte, que también la hay a veces: siempre hay un examen que bordamos aunque apenas lo habíamos preparado, o nos sale el único tema que nos habíamos estudiado, o se nos aparece la explicación divina y nos viene a la memoria una información utilísima en el momento preciso. De la suerte no voy a hablar en este artículo porque, de alguna forma, compensa las pérdidas que muchas otras veces experimentamos en los exámenes.
Den los últimos repasos, revisen, aunque sea por encima, todos los temas, por si viene la inspiración el día del examen, y comprueben el lugar, día y hora, que también se da el caso de quien se equivoca y pierde el examen por no estar atento. Mucho ánimo a todos, descanso, buen alimento y suerte, que para evaluar las pérdidas, como peritos evaluadores, ya estamos otros.
Marta Pilar Montañez Mesas (21-01-09)
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22 Diciembre 2008
He de comenzar diciendo que no me gustan los diminutivos. En la mayoría de estudios filológicos se atribuyen al lenguaje infantil y al argot materno hacia los niños: ‘cómete el bocadillito’, ‘dame la manita’, ‘dale un besito al abuelo’, ‘¡ay qué pellizquito te voy a dar!’ Sin embargo, no es difícil de adivinar que, siendo hoy 22 de diciembre, me refiero a otro tipo de pellizquito, el diminutivo del pellizco de dinero que te puede tocar si has jugado a la lotería.
En efecto, hoy es el día de los pellizquitos. No de los cariñosos, ni de los achuchones, sino de preguntarnos unos a otros, en un afán comparatista sin igual, si nos ha tocado algo. Pocas veces conocemos a alguien a quien le haya tocado un premio gordo, pero gordo de verdad, en cambio, sí es habitual conocer a muchos a los que les ha tocado ‘un pellizquito’. Y yo me pregunto, ¿cuánto es un pellizquito? ¿a partir de cuánto se considera que te ha tocado un pellizquito? ¿cuándo una cantidad deja de ser un pellizquito para ser ‘un buen pellizco’?
Como sustantivo, pertenece al de los comunes y contables (un pellizco, dos pellizcos…), y, dentro de estos, a un grupo muy pequeño, finito, de los llamados imprecisos, que expresan una cantidad indeterminada: puñado, pizca, cucharada… pellizco. Este sustantivo nos permite expresar con humildad que ‘algo’, por poco que sea, nos ha tocado –y la humildad es cortesía– para no agraviar al otro si, comparando, ha ganado menos o no ha ganado nada. Así, si preguntamos y nos responden que les ha tocado ‘un pellizquito’, no debemos ofendernos ni pensar que oculta celosamente la cuantía del precio, sino que, o la cantidad no es generosa, o no quiere que salgamos perdiendo en la comparación (el pellizquito es, por lo tanto, un recurso de diminutiva cortesía).
En fin, en mi caso no habré de recurrir a este vocablo pues no compro lotería, por tanto, no me puede tocar nada, aunque quizá mi padre nos dé una alegría y traiga a casa ‘el pellizquito’ ese que nos anime un poco las Navidades. Si no, pues a seguir buscando, como en los cromos, que en la vida real significa algo así como ‘sigue trabajando’. Un beso a todos, felicidades a los que os haya tocado y ánimo a los que no, otra vez será. Feliz Navidad a todos.
Marta Pilar Montañez Mesas (22-12-08)
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22 Diciembre 2008
Hola a todos:
Este nuevo artículo es temporal. Os recomiendo que visitéis el blog de un viejo amigo, el Chowman, que tiene fotos y artículos interesantes y enlaces a otros blogs bastante divertidos (http://elblogdelchowman.blogspot.com/).
Además, hasta el 10 de enero ha diseñado un concurso bastante divertido en el que se premiará a tres concursantes. Anímate que seguro que te entretendrás.
Un saludo a todos,
Marta Pilar.
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15 Diciembre 2008
¿Quién me iba a decir hace casi 3 años, cuando empezó esta aventura bloguera, en enero de 2006, que a día de hoy tendría más de 5000 visitas en este pedacito de negro sobre blanco que es mi blog?
La presencia de alguien al otro lado es un deseo y una responsabilidad: tener algo que ofrecer, que compartir y que resulte atractivo, no es nada fácil. Además, este medio exige una constante actualización para mantener el dinamismo comunicativo y no estancarse en el estatismo de la página que permanece inalterable durante semanas, e incluso meses.
Lo bueno del blog es que la temática es tan libre que puedes ir colgando también documentos antiguos, aunque hagan referencia a personas o a situaciones que ya han perdido el valor de 'actualidad'. No obstante, siempre es preferible hacer referencia a hechos o realidades del presente inmediato, y ahora toca felicitar las fiestas y opinar sobre ellas. A ello voy.
Me gusta a medias la Navidad, como a casi todo el mundo, me gusta lo que representa, una lección de amor, pero me molesta en lo que se ha convertido: una excusa (como las miles que tiene el calendario laico: día de los enamorados, semana de los complementos, quincena de Turkinistán, mes del menaje...) para el consumismo y el 'comprar por comprar'; los Reyes se han convertido en una obligación, más que en un deseo de sorprender a alguien y de emocionarlo con nuestro detalle.
El otro punto de opinión frecuente en estas fechas es la tesitura en la que nos coloca la Navidad: la obligación moral de compartir mesa con personas, con las que no siempre hay confianza o buena relación: parientes lejanos, familia rencillada, jefes y compañeros insoportables... Pocas veces se destacan los reencuentros gratos, la vuelta a casa (sobre todo de hijos estudiantes, generalmente fuera de la localidad o en el extranjero), todo eso queda para los anuncios -otro tema recurrente también en estas fechas- en los que todos son felices y aciertan siempre con el regalo. Es verdad que no todas las familias están distanciadas, alguna queda todavía sin dividir por culpa de herencias o discrepancias de cualquier tipo, pero parece que los tópicos responden a lo más habitual.
Vista así, la Navidad se convierte en un tiempo de obligaciones añadidas: comprar regalos que gusten, organizar cenas de lujo con presupuestos de crisis, montar el belén (el portal, se entiende, no el follón), el árbol o lucecitas, compartir momentos con personas a las que no vemos habitualmente o con personas a las que no apetece ni saludar, fingir que estamos muy felices y que nos encantan los villancicos repetitivos en los centros comerciales rebosantes ("campana sobre campana", así, una sobre la otra, que deben llegar ya al cielo, por lo menos) de gente como nosotros, estresada, sin saldo y felicitándote la Navidad tres veces la misma semana "por si no nos vemos hasta el año que viene"... (ojalá, pensará alguno).
En fin, a mí sí me gustan los villancicos, pero los de los pueblos, y me encantaría volver a pedir el aguilando (que es como se dice aún en mi pueblo, en su forma antigua), y me gustaría volver a ver sentarse a la mesa a quienes ya la dejaron vacía, y regalarles el abrazo de despedida que no puede darles, y soñar con que quienes ahora la llenan, la ocupen muchos años.
Feliz Navidad a todos, os guste o no, y próspero año 2009, a ver si es mejor que este que, para mí, gracias a Dios, ya se acaba. Un abrazo y un beso a todos.
Marta Pilar Montañez Mesas (15-12-08)
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3 Diciembre 2008
Enciendo la televisión y veo a un aspirante a modelo, Ken de carne y hueso, cuerpo atlético, mechas rubias y ojos azules… ¡llorando! Un Beckham a la española, con sus labios y dientes de anuncio… ¡está llorando!
No es el primer chico guapo que sale en televisión y derrama unas lagrimitas, el llanto siempre vende. Poco importa que te llaman llorica los hombres, si enterneces a las mujeres: la estrategia del hombre tierno casi siempre funciona, sobre todo, con las niñas de tacones imposibles.
Otros pseudofamosos, como algún aspirante a triunfar cantando, también lloraban con los aplausos del público y sobre todo, de las seguidoras enfervorecidas; o algún político en misión humanitaria -casi lágrimas colaterales- por aquello de acercarse al pueblo y compartir sus penas. El llanto fingido auténtico es el que nos emociona en el cine, cuando el actor se funde en el personaje sintiendo como propias sus desdichas narradas. Cuanto mejor es el actor, más nos enternece su llanto.
Algo similar quiso transmitir la fotógrafa Sam Taylor-Wood mostrando a algunos de estos actores llorando fuera de un plató pero también delante de una cámara. ¿Serán iguales las lágrimas sin focos que las hagan brillar? Probablemente no. Las lágrimas en privado no son tan estéticas, esconden problemas reales, no son fruto de la emoción del momento, sino pequeñas heridas del corazón que sangra agua salada.
Marta Montañez (3-12-08)
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21 Noviembre 2008
Una famosa discoteca valenciana se promocionaba hace unos días regalando una operación de aumento mamario. Semejante oferta -decían- está justificada por la demanda de este servicio en la sociedad y generará -estaban seguros- un incremento en la afluencia de público a sus instalaciones.
No solo porque frivoliza con la cirugía, tan seria e imprescindible, o porque discrimina a los hombres, a los que no ofrece un equivalente equitativo, sino porque -y esto es lo más grave- debe, en todo caso, ofrecer garantías: ¿quién y en qué condiciones se iba a realizar tal operación? ¿sería susceptible de recibirla la potencial ganadora? ¿se habían planificado los procedimientos clínicos preoperatorios? ¿cómo se gestionaría el regalo en caso de no poder efectuarse la intervención?
El gran mercado del mundo ha llegado, así, a vender el cuerpo, no como objeto sexual, esto ya era viejo, sino a vender el cambio del cuerpo. No hace mucho un programa de televisión premiaba al concursante con una operación de transplante, terrorífico regalo, sin duda, y en nuestro país también se regalaban intervenciones quirúrgicas innecesarias (en su mayoría) para dar un cambio a la persona de tipo radical.
Afortunadamente, aunque quizá porque por las presiones no han tenido más remedio, han decidido retirar esta 'rifa' e inventarse otra forma de vender el producto. No pasará mucho tiempo antes de que nos regalen, si nadie lo remedia, los sueños perdidos, el olvido, la felicidad, y hasta lo inmaterial: el alma.
(Marta Montanez, 20-11-08)
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