Mendicidad hospitalaria
Una chica se acerca con papeletas recortadas. En ellas, con un español no del todo correcto pero sí lastimero, pide trabajo o una moneda y argumenta con la imagen en blanco y negro de un niño (supuesto hijo suyo), confiesa que le avergüenza pedir pero lo prefiere a robar, y agradece la donación con una alabanza y una prez a Dios para que recompense a quien le ofrezca su ayuda. La papeleta acaba solicitando que se devuelva (para reutilizarla) y, al poco rato, la chica vuelve y agradece a los muchos que le entregan, junto al usado papel, su donativo. Cada céntimo entregado muestra la generosidad y la buena conciencia que los pacientes y sus acompañantes tienen, sobre todo, en la sala de espera de un hospital, donde más vulnerable se siente una persona, cuando mejor comprende que la salud no se compra y que esa moneda, que en su bolsillo apenas se resiente, puede hacerle mucha falta a otro.
La buena voluntad, ese buen corazón de la gente, alimenta un negocio que me enternece y me preocupa a partes iguales. Por un lado, la miseria, la mendicidad, la pobreza extrema han situado hoy en día a muchos en una tesitura impensable, y cualquiera puede verse en la calle. Por otro lado, la crisis agudiza el ingenio y siempre hay quien se aprovecha de la situación. Así, mientras yo misma busco entre mis monedas una que limpie mi conciencia y contribuya al bien de la chica pobre, un celador se aproxima y la echa de la sala, le rompe los papeles y la amenaza con llamar a la policía si vuelve a verla por ahí.
Imaginaba que la mendicidad estaría prohibida en este recinto, lo que no sospechaba es lo que después nos ha contado el celador: se trata de una mafia organizada, en la que varias chicas recorren las salas de espera con las papeletas, casi todas del mismo tono y con fotos de niños, seguramente falsas, pidiendo dinero, mientras varios hombres, quizá sus maridos, las esperan a la salida para recaudar las ganancias. En varias horas sacan un dinero muy jugoso y como las salas no tienen memoria, porque cada día los pacientes son distintos, el negocio no decae.
El celador advierte que van bien vestidas, y que esa supuesta pobreza que arguyen no es posible, a tenor de sus dentaduras de oro (detalle en que yo no había reparado) o de su vestuario (que en nada denota carestía). A priori, pasan desapercibidas, como unas pacientes más, se mueven con soltura y conocen el hospital, controlan los puntos de atención del personal sanitario, por lo que en algunos casos se ha detectado que, incluso, aprovechan los momentos en que hacen pruebas en otra planta a alguien ingresado, para saquear las habitaciones.
Devuelvo mi moneda junto a las otras, e intercambio una mirada con mi madre, tan decepcionada como yo, de la ruindad humana, no solo de la miseria económica, sino de la actitud de quienes siguen jugando con los sentimientos de la buena gente para hacer negocio, ruin y mezquino. Siempre ha existido el timo basado en la caridad, pero constatar que sigue vigente resulta despreciable en una época en la que la mayoría hace esfuerzos por seguir adelante y, aún así, saca una moneda para auxiliar a otro que se finge más necesitado. Lo más triste es que alguno verdaderamente necesitará esa caridad y entonces, como casi siempre, pagarán justos por pecadores. Una lástima.
Marta Pilar Montañez Mesas (21-02-12)
