Puertas
Las malas noticias son como puertas que se te cierran de golpe, como losas terribles que te dejan fuera, pero no libre, sino encerrado en ti mismo, en tu tristeza, en tu dolor, en tu vacío, en la soledad de que no te entiendan o no sepan consolarte. A veces nos sentimos incomprendidos y, sin embargo, quienes no nos ayudan no lo hacen por indiferencia, sino porque quizá ya han pasado por algo parecido y saben que el único consuelo es el tiempo, esa panacea que no nos cura, pero apacigua la tirantez de las heridas, que, aunque cicatrizan, nos dejan marcas imborrables, profundas algunas, y otras suavizadas con nuevos cariños e ilusiones.
Cuando se te cierra una puerta sueles atravesar por momentos que otros han vivido ya, pero que para ti son nuevos, son tus momentos, días negros o muy grises... y no se parecen a nada que pudieras haber imaginado: estos duelen de verdad. Una relación rota, la espera de unos resultados, la amenaza de una enfermedad, la pérdida del puesto de trabajo... sobre todo, cuando sobrevienen sin avisar, de improviso, como un mazazo que te golpea, como una puerta en las narices. Y vaya si duele.
La puerta es uno de los símbolos más ricos y productivos de nuestra concepción del mundo. Como la mayoría de pensamientos y conceptos mentales contiene la doble vertiente positiva y negativa, optimista y pesimista, que refleja cómo somos, cómo sentimos o cómo enfrentamos los problemas. Siempre hay que intentar solucionar aquello que nos preocupa, pero no siempre tenemos la llave y a veces nos han cambiado la cerradura para que no podamos pasar y arreglar las cosas.
La puerta cerrada es el problema sin solución, es la impotencia de no poder hacer nada, porque no depende de nosotros, es un escollo que te encuentras y que se levanta ante ti como una montaña, inaccesible y que no puedes subir tú solo. Cuando todo te sale mal, cuando parece que todo está contra ti, y hagas lo que hagas no consigues que nadie te abra la puerta, te ayude, te eche una mano o, simplemente, te comprenda o se sienta identificado contigo, te desesperas y quizá te rebeles contra el mundo y lo pagues con quien menos se lo merece.
La puerta abierta, por el contrario, siempre ha representado la esperanza, el futuro, una luz que nos hace vislumbrar una salida, una posible solución, una vía de escape, quizá no es la mejor ni la que esperábamos, pero nos presenta una posibilidad, a veces no imaginada, que nos invita a ilusionarnos de nuevo, que nos alivia y que, en parte, compensa esa pérdida o ese fracaso que nos tenía encerrados.
También estas puertas se abren a veces por sorpresa, alguien que no te esperas se convierte en tu salvador, en tu mejor apoyo, en una mano tendida sin esperar nada a cambio. Las puertas de las que hablo son como las que mueve el aire, que se abren y se cierran sin que hagamos nada, al margen de nuestra voluntad, y nos frenan o nos marcan un camino sin que lo esperemos.
A veces, la puerta que se abre y se cierra es la misma, y entonces la satisfacción es máxima, como un tesoro perdido y recobrado, como una ilusión olvidada y revivida en la esperanza de un futuro mejor. Hace un tiempo, por razones laborales, una puerta se me cerró y, en ese momento, pensé que sería para siempre. Sin embargo, esa misma puerta se me puede volver a abrir en unos meses. No es seguro, tienen que abrirse y cerrarse otras puertas para que eso suceda, pero la mera posibilidad de poder atravesar de nuevo esa puerta me genera una ilusión y una emoción que tenía olvidadas.
Para todos aquellos aprendices de "cerrajeros"
que tratan de abrir las puertas que la vida se empeña de cerrarles,
porque seguro que traspasarán el umbral hacia la esperanza.
Marta Pilar Montañez Mesas (18-12-11)
