Novata y experta
Cuando empecé a ejercer de profesora de secundaria me encontré con un mundo que desconocía y, además, todo me vino de sopetón, pues no me imaginaba que me iban a llamar para trabajar. Todo se me hacía cuesta arriba: los madrugones a las 5.10 de la mañana, los 122 km de viaje de idea y los mismos de vuelta diarios, autobús-tren-coche en diferentes combinaciones durante toda la semana, una tutoría maja pero en la que no tenía ni idea de qué hacer, nadie te prepara para eso, y un horario en el que todos los días acababa a las 3.05, es decir, tenía las últimas horas.
Nada más empezar, y con la perspectiva de estar casi todo un trimestre y, en consecuencia, de evaluarlo, no imaginaba que me lo iban a poner tan difícil. En concreto, de mis 6 grupos, 2 se dedicaron a hacerme la vida imposible. Entonces, cuando volvía a casa rendida después de muchas horas (a veces más de 12) de estar fuera, y me quejaba de lo duro que estaba siendo, quienes bien me quieren me consolaban diciéndome que todo se debía a mi condición de novata, que estaba ‘pagando la novatada' y que con el tiempo, todo iría mejor, que no podía dejar que me afectara tanto, por salud y por calidad de vida.
A pesar de sus ánimos, yo seguía pensando que aquello era insostenible y que no se debía solo a mi condición novel: aquellos grupos eran muy problemáticos, me dijeran lo que me dijeran, además de que yo era novata, a qué negarlo. Los compañeros sí reconocían que eran grupos malos y, en cierta medida, me daban parte de razón, cosa que siempre reconforta. Fue una experiencia muy dura, una prueba de fuego de órdago, de hecho, me costó más de dos meses revocar la situación, sobre todo, porque la confirmación de que iba a estar todo el curso cambió la perspectiva desde la que me trataban mis alumnos (insisto, sobre todo, dos grupos). Dejaron de lado el ‘vamos a boicotear a la sustituta' para empezar a pensar que los meses iban pasando y que el curso peligraba, sobre todo, después de ver las notas (generales, no de mi asignatura, que aún a pesar de todo fui benévola) de la primera evaluación.
Tras esa primera mala experiencia, al trabajar en otros centros, comprendí que mi firme convicción de entonces era correcta: aquellos fueron dos grupos que me hicieron la vida imposible, pues no ha pasado tanto tiempo, no soy tan ‘experta' ni profesional, y lo que allí me pasaba no me ha vuelto a pasar.
Ahora mismo, por poner un ejemplo, he tenido que suplir un permiso de 15 días pero, hasta que la administración tramitó mi alta, pasaron 5, por lo que se redujo a 10, y quitando el fin de semana, solo he dado clases 8 días y todo esto, además, a principio de curso, que es cuando más relajado se va porque aún no ha habido ninguna evaluación y acabamos de volver de vacaciones. El alumnado lo sabe y, sin embargo, me dejan hacer, atienden, copian esquemas de la pizarra y, en algún caso, hasta se les ha pasado la clase volando (se han sorprendido al oír el timbre: ¿yaa?, me preguntó una clase de 1º de Bachillerato el primer día que estuve con ellos, sin duda, el mejor piropo que me podían decir).
Lo más sorprendente y alucinante para mí es que, incluso, me han pedido que sea yo quien les dé clase todo el año y, lo que es más inverosímil para mí: ¡me han hecho la pelota! Y eso, ¡aún sabiendo que no les evalúo, que mi nota no influirá para nada en la evaluación y que no pueden obtener nada a cambio! ¡Me han hecho la pelota ‘gratuitamente'! Esto me ha dejado muy descolocada. Por supuesto que a todo el mundo le gusta que le regalen los oídos, pero esto es desconcertante. No soy mejor profesora ni más experta que entonces, no he podido cambiar tanto en tan poco tiempo y, sin embargo, los problemas de actitud con los que me encuentro son los habituales, pero no me encuentro con problemas graves de comportamiento: ni clases enteras hablando sin parar durante toda la hora, ni faltas de respeto e insultos, ni grupos de alumnos que se confabulan para boicotearme la clase, ni me quitan o me esconden el material escolar, ni me retiran la mesa o la silla para que no me siente, ni me arrojan objetos (chicles masticados, tizas, trozos de una papelera rota...) hacia la pizarra, ni se ponen de acuerdo todos para hacer estupideces a la vez cuando me doy la vuelta (tirarse al suelo, silbar, dar palmas, golpear la mesa, meterse debajo de la mesa, tumbarse en la mesa: imagínense mi cara cuando me giro y veo a 25 chavales de 3º de ESO tirándose al suelo a la vez y se ríen en mi cara), ni me ponen un armario ni otros obstáculos en la puerta para que no entre, ni se agreden en medio de clase, ni restriegan un bocadillo de paté por la pizarra y embadurnan el borrador... podría seguir enumerando las delicias que me hicieron pasar, pero no creo que sea necesario, muchos profesores las habrán vivido en sus aulas. Solo son un botón de muestra para que se entienda que mi opinión de que eran malos no era un error, ni era una percepción de novata, eran insoportables y lo seguirían siendo aunque llevara 25 años en la enseñanza.
Por eso, saber que llevabas razón, que estabas en lo cierto entonces, da mucha satisfacción, aunque ya no sirva para nada ni tenga efecto retroactivo. Eso sí, al menos, reconforta.
Este artículo me apetecía escribirlo para todos aquellos que saben que tienen razón aunque todo el mundo se empeñe en decirles lo contrario y, por fin, el tiempo, que siempre es el mejor juez, les da la razón y, con ello, la gran satisfacción de no haberse equivocado y resarcirse.
Marta Pilar Montañez Mesas (27-10-11)

ANGELES dijo
Esta profesión nuestra tiene esas "dificultades" pero también las mejores recompensas. Aún recuerdo una de mis primeras clases en el cole con alumnos de infantil, sin pelos en la lengua y con una imaginación desmedida. Por aquel entonces yo tenia un problema en mis dedos que me avergonzaba tanto que me hacía ocultarlos: tenía verrugas. Pero aquel día no tuve más remedio que enseñarlos porque tenia que señalar en la ficha de uno de los crios. Con el desparpado de los enanos a la edad de 4 años el niño va y pregunta: "seño, ¿qué es eso que tienes en el dedo?" y sin pensarlo respondí: "una verruga". Ojiplático va el niño y a "grito pelao" dice: "¡haaaaalaaa, la seño es bruja... porque tiene verrugas!". Me quería morir. Días después el mismo crio volvío a sorprenderme en el pasillo: "escucha seño, escucha... ¿oyes?, es la voz... del dinero". El sonido de las monedas en mis bolsillos se había convertido en la voz del dinero. Aquel mismo día me tocó también clase en 1º de la ESO, tenía que sustituir a la profe titular. Allí me presento yo con mi sistema solar en inglés y todas las cosas que se puede uno encontrar en "un paseo espacial" y van tres maleducados y me dicen "maestra, eso pa' los pequeños". Después de cuatro días preparando una clase totalmente diferente a las que ellos se "tragaban" sin replicar, van y me "pisotean el trabajo". Al final del día me dí cuenta de que aunque unos energúmenos habían pisoteado mi ilusión, la esponteneidad y sinceridad de un canijo de 4 años valía para superar la decepción. Ahora, al menos dos de esos "elementos" tienen hijos (los he visto ejerciendo de padres), espero que exijan a sus hijos el respeto que ellos no mostraron, porque al final todo se reduce a eso: respeto por el trabajo de los demás. Y si no te interesa, pues te quedas en casa.
5 Noviembre 2011 | 11:01 PM