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La Coctelera

Próxima parada, tu corazón

Mañana será otro día, y será mejor.

30 Septiembre 2011

El mal ajeno

 

El miércoles acompañamos a mi tío para despedirlo antes de subir al avión. Mi padre paró el coche en un sitio donde no molestaba y se indicaba que se permitía la parada para dejar o coger pasajeros.

A nuestro lado, apareció rápidamente un operario de la empresa aeroportuaria para indicarnos, con evidente enfado y en un tono más que reglamentario, casi prohibitivo:

 

  • - La espera no está permitida

 

Mi padre pensaba quedarse junto al vehículo mientras nosotras (mi madre y yo) acompañábamos a mi tío al mostrador a facturar y hasta la puerta de embarque, por si algo, inesperadamente, le pitaba en el arco de detección de metales o le hacían tirar cualquier otro objeto prohibido antes de pasar a la zona exclusiva de pasajeros. En total la espera no se iba a prolongar más de 5 ó 10 minutos, pues no había ninguna cola en el mostrador y no valía la pena entrar al parquin para 5 minutos.

Mientras descargábamos las maletas, buscábamos un carrito portaequipajes y nos despedíamos (sobre todo, mi padre, que en ningún momento iba a dejar solo el coche), volvió a aparecer el operario para retirar un coche que estaba aparcado junto al nuestro con una grúa, una cámara de fotos para inmortalizar el vehículo infractor y un ‘recetario' de pegatinas naranjas para decorar el suelo tras retirar el vehículo.

En todo momento nos miraba y remiraba con una mezcla de soberbia, amenaza y como frotándose las manos esperando que mi coche fuera el próximo ‘agraciado' con una de sus pegatinitas naranjas, en definitiva, con una actitud muy desafiante.

Por aquello de que "cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar", decidimos que mi padre se marchara mientras nosotras acompañábamos a mi tío esos 5-10 minutos hasta dejarle al otro lado del arco.

 

Hasta aquí no tendría más historia esta anécdota que la simple constatación de que, al tratarse de una entidad privada (o privatizada), ha renovado y ha reformado el establecimiento aeroportuario, que se ha modernizado con diversos servicios, como el acceso en metro y, por supuesto, un impresionante aparcamiento.

Entiendo que hay que amortizarlo, que probablemente dará trabajo a muchas personas, y que este operario se pasa el día repitiendo a todo el que llega que no se puede estacionar ni quedarse esperando. Entiendo, asimismo, que habrá razones de embotellamiento para impedirlo, porque uno o dos coches no molestan, pero diez sí (quien haya estado en el aeropuerto de Valencia sabe lo estrechos que son los carriles de entrada a puertas de salidas y llegadas que, eso sí, están en diferentes niveles y el tránsito de pasajeros es más fluido).

 

Ahora bien, y continuo con la anécdota. Cuando nos dirigíamos al interior y mi padre se disponía a marcharse con el coche, el operario estaba dejándole la pegatina al pobre conductor de al lado, ausente, y al colocarle el resguardo en el limpiaparabrisas, pronunció en voz alta y con evidente alegría y satisfacción:

 

  • - ¡Ala! Toma, un regalito

 

Ante estas palabras, respondí, y casi me salió del alma, aunque no directamente a él, sin mirarle, como si pensara en voz alta, y dije:

 

  • - Será porque los billetes son baratos...

 

Y él, por supuesto, se dio por aludido y tampoco se calló:

 

  • - Más barato es el parquin que esto (refiriéndose a la multa y al enganche de grúa)

 

Sobre el papel me cuesta reproducir lo grosera que fue su respuesta, tanto al poner el resguardo en el otro coche, como al responder a mi comentario lanzado al aire. Entiendo que retirar los vehículos que están en una zona prohibida y advertir a los conductores que van llegando es su trabajo. Lo que no entiendo es que alguien se mofe o incluso disfrute del mal ajeno.

Entiendo y respeto que ahí no se puede estacionar el vehículo, ni permanecer en él a la espera, solo parar para dejar personas, y así lo hicimos. Pero no puedo entender la actitud de este trabajador. Entiendo que todo el mundo tiene derecho a trabajar, y que todas las profesiones y oficios son respetables. También soy consciente de que el éxito o, al menos, el objetivo de algunos trabajos es gestionar los problemas, errores o negligencias ajenos, pero de ahí a que se disfrute con ello, hay un paso muy grande.

Está claro que el mal de unos beneficia a otros. Aún recuerdo las palabras de la entonces ministra D. Celia Villalobos cuando, a causa de la enfermedad de la encefalopatía espongiforme bovina ("vacas locas"), en lugar de tranquilizar a la población, establecer medidas de protección hacia el sector y medidas de salud pública, recomendó que, en vez de ternera, comiéramos cerdo o conejo: "que también están muy ricos", argumento de peso donde los haya, pero que debió de contentar poco a los criadores de bovino. Lógicamente, el problema de las granjas de vacuno podría beneficiar (reactivar o incrementar) el consumo y, por tanto, la producción, de las granjas porcinas o de conejos, pero sería muy ruin alegrarse del mal ajeno, porque nunca se sabe cuándo puede volverse contra ti.

Es como si los trabajadores de los servicios fúnebres, cuya labor resulta imprescindible y que son un apoyo fundamental para las familias en un trance tan doloroso e inevitable en la vida, se alegraran y se mofaran de esas familias. Su trabajo depende del mal de otro, sí, pero lo realizan con respecto, y su satisfacción es la labor social y humana que realizan, pero no se van a un hospital de enfermos terminales ni a unas urgencias a mirar y remirar frotándose las manos cada vez que entra un enfermo en estado crítico o en coma, ni dicen ‘¡bien!', cuando avisan del mortuorio con una defunción.

Reconozco que la comparación puede resultar algo excesiva, pero no es menos cierto que se puede ejercer un oficio con dignidad y sentido del deber, con una actitud responsable (cumpliendo nuestras tareas) y no desafiante ni satisfecha ante el mal ajeno.

 

Marta Pilar Montañez Mesas (30-09-11)

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ANGELES

ANGELES dijo

Parece que por fin puedo comentar este post...

En los últimos años, y siempre por ocio, viajo a alguna ciudad europea como parte del programa de actividades de la Escuela Oficial de Idiomas de mi localidad, (soy la presidenta de la asociación de alumnos organizadora de dicha actividad).
Efectivamente, y como bien comentas, lo de los aeropuertos y compañías aéreas no tiene nombre (imagino que como en todos los lados). Empezaré por donde hay que empezar, por el principio.

En 2010 nos propusimos ir a Berlín, empezamos a "investigar" compañías que vendieran billetes por internet, por eso de que es más barato, más fácil, más rápido...
¡Y una leche! antes de empezar a hacer las reservas (para 24 personas) hicimos un simulacro de compra de billetes. Imagínate un ordenador, listas con todos los datos de los pasajeros (incluida la fecha de caducidad de los DNIs) varias tarjetas de crédito..., pues bien, hasta el billete 12 todo salía a un precio bastante asequible, pero después los precios se disparaban, y el billete nº 20 ya nos salía por 525 €. Por eso decidimos hacerlo desde una agencia, para que todos los billetes costasen igual. Pero los problemas no terminaron ahí, al hacer las reservas y enviar la documentación de los pasajeros, muchos de ellos tuvieron que renovar sus documentos de identidad porque no puede caducar en los tres meses posteriores a la vuelta del viaje (imagino que por si entras con visado de turista y pretendes quedarte de manera ilegal). Pues venga, grupo de estudiantes a renovar el carné antes de la compra… Pero esto sigue, si renuevas el DNI 6 meses antes de su caducidad oficial, tienes que pagar como si fuera de nueva emisión, es decir, más que si se tratase de una renovación al uso. El caso es que todos los trámites terminaron bien.
Después la odisea del aeropuerto, retraso de 3 horas, y alguien del grupo (ya mayor) comentó: “Iberia es como el TALGO, pagas extra si llega tarde”, y encima parece que no te puedes quejar porque la “amable azafata”, perdón, “auxiliar de vuelo” te mira con ojos de perro asesino y tienes que tragar, porque si no te ponen la etiqueta de “pasajero problemático”. Total, que llegamos a Berlín a las 2 de la mañana. Y sin poder protestar.

Este año hemos ido a Londres. Los pasos descritos anteriormente se pueden aplicar también a este viaje, aunque con una variación, tuvimos que cancelar un billete… ¡y costaba más que uno nuevo!, decidimos cambiar el nombre y ofrecérselo a otra persona, que tuvo que pagar a escote con el “cancelador” una sanción ¡de 120 €!. Y volamos con Easyjet, que se vanagloria de ser la compañía que menor número de retrasos acumula. Pues nuestro vuelo salió con 3 horas de retraso después de cambiar varias veces la puerta del embarque.

Todo lo que envuelve a los aeropuertos y compañías aéreas es un territorio inexplorado lleno de peligros y sorpresas, habitado por un fauna salvaje que en el mínimos descuido te puede sacar hasta los ojos.

18 Octubre 2011 | 04:44 PM

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Hola a todos! soy una filóloga a quien le encanta escribir. En este viaje vital, he decidido hacer una parada con destino en tu corazón. Saludos!!!

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