Impotencia
Cuando sucede algo triste sin que tú lo sepas y solo al cabo del tiempo te enteras de lo que ha sucedido, comienzas a pensar dónde estabas, qué hacías, en qué pensabas o de qué hablabas... mientas estaba sucediendo.
Entonces suena ridículo todo aquello que decías, que pensabas o que estabas haciendo y el hecho de estar o vivir ajenos a esa circunstancia te hace sentir inútil, y, por qué no decirlo, culpable y hasta canalla, por no haber sido consciente de que algo malo estaba sucediendo lejos de donde tú te encontrabas. Se te ocurre pensar cómo no pudiste sospecharlo, cómo el corazón o el alma no te avisaba que algo estaba sucediendo, cómo hacías tu vida ajeno a ese problema.
Al enterarte, todo parece volverse contra ti: por no haber estado ahí, por no haber podido evitarlo, por no haber podido ser de utilidad para intentar solucionarlo o prestar tu ayuda para mejorar las cosas. Es en esos casos cuando piensas qué hubieses hecho si hubieses estado ahí, si hubieses podido echar una mano, cómo hubieses podido ayudar, y, sobre todo, por qué no estabas. Al final, siempre nos preguntamos un por qué.
Cuando quienes queremos sufren y nosotros no estamos ahí para ayudar, nos sentimos responsables, en parte, de no haber podido remediarlo. Es una sensación de impotencia por no haber estado, y de ridículo por haber estado haciendo otras cosas, haciendo una vida normal, inconscientes, ignorantes, completamente ajenos a lo que estaba en realidad sucediendo.
¡Cuántas veces pasan las cosas sin que nos enteremos! Miles de familias harán una vida normal mientras un ser querido tiene un accidente, enferma o le sucede algo grave o desafortunado. El único consuelo, entonces, es la propia ignorancia.
Marta Pilar Montañez Mesas (3-7-11)
