Paseo interrumpido, verano interrumpido: la venganza del ciempiés
Un ciempiés cruza la desierta carretera, mi pie se interpone en su trayectoria, noto un leve cosquilleo en el talón, como el roce de una hoja seca arrastrada por el viento y frenada por mi paseo.
Inconscientemente, sacudo la pierna con fuerza y algo se aferra a mi piel. Me miro distraída y al ver que un ciempiés me sube por el tobillo, el grito de asco y repugnancia rompe la quietud de la noche estival.
El paseo (el del ciempiés) queda interrumpido: me lo quito como arrancando decenas de garrapatas adheridas pierna arriba y mi padre lo destruye de un certero pisotón.
28 de agosto. Mi padre ingresa en La Fé afectado del hígado, como si de una venganza del ciempiés se tratara, el verano también queda interrumpido y el alma en un hilo. Jamás he sentido tanto pánico y angustia. Un nudo me atraviesa alma y todo se me nubla.
1 de septiembre. Mi padre es dado de alta, parece que todo va bien, hemos llegado a tiempo y todo ha quedado en un susto, pero muy serio, no comparable a la estúpida picadura de un insignificante ciempiés, al que no le ha servido la venganza.
A mis padres.
Marta Pilar Montañez

Alberto dijo
Por desdramatizar, los budistas evitan matar animales (también no comiendo carne), porque dicen que, como Buda, todos nos hemos reencarnado alguna vez en forma de animal. Un beso de alegría.
10 Septiembre 2009 | 11:34 AM