Vox populi
La voz del pueblo ha sido el lema que muchos han argüido para justificar ciertas decisiones, opiniones o actitudes tomadas en el campo del arte, la sociedad e, incluso, la política, como si el pueblo o la colectividad tuviera capacidad de opinión en todas las materias y constituyera siempre un argumento de autoridad irrebatible. Contra esta postura otros han reaccionado despreciando la opinión del vulgo y lo han acusado de ignorante, cuando la materia tratada no podía ser competencia de esa mayoría lega y mera espectadora. Esa polémica lleva siglos abierta y hay pocas posibilidades de que termine algún día: ¿qué opinión es más válida: la del público en general, o la de los expertos de cada materia? Habría que precisar, eso sí, qué entendemos por ‘experto' y cómo se llega a serlo.
En la actualidad, la oferta (sobre todo, televisiva) se justifica también en la demanda de ese público o pueblo que aclama a unos nuevos líderes sociales, aquellos que disponen de la plataforma que otorga la televisión para irradiar sus opiniones por doquier con absoluta impunidad y, casi siempre, sin pudor alguno.
Así, ciertos programas dedican alguno de sus apartados o su totalidad a un modelo de tertulia donde participan diversos expertos y tratan sobre una materia determinada, generalmente, de índole política. Este espacio televisivo relativamente serio y formal ha servido de modelo a otros programas de entretenimiento donde personajes no expertos tratan temas de sociedad, prensa rosa y crítica televisiva. En este último grupo cabe destacar aquellos espacios casi spin-off de otros programas, esto es, el fenómeno que se produce, en este caso concreto, cuando algunos programas o concursos de convivencia retransmitida en directo, también llamados de telerrealidad, dan lugar a otros espacios de opinión y debate sobre el contenido, el desarrollo y los protagonistas de los primeros. Estos protagonistas suelen ser concursantes, que participan previo proceso de selección (ahora todo son cástines), para quienes esa fase previa parece autorizar al resto de programas de la cadena a que cualquiera pueda verter sus opiniones de forma crítica y mordaz sobre estos protagonistas, anónimos en principio, pero que adquieren una cierta fama temporal, efímera, pues dura aproximadamente lo que permanece el programa en antena. Una vez finalizado el programa, suelen realizar diversas actividades o bolos entre las que se incluyen asistencia a eventos o locales como relaciones públicas (o simple gancho) y, sobre todo, colaboraciones con esos otros programas de debate y tertulia que se generan en torno al concurso de turno.
La nueva figura de colaborador también se ha popularizado con estos programas, así como las llamadas tertulias de actualidad, espacios dentro de otros programas, especialmente magacines, en las que participan personajes que pertenecen o han pertenecido a esa prensa del corazón, ex concursantes de esos programas, y personajes que han tenido cierta popularidad y que aprovechan el tirón. Es decir, se da una cierta retroalimentación de unos programas en otros.
La novedad en los últimos tiempos radica, precisamente, en que no son expertos los que opinan libremente (algunos de esos ‘expertos' también se dedica a la crítica mordaz, especialmente en los concursos musicales), ni siquiera los tertulianos o colaboradores, sino que es el público el que se alza como voz autorizada para opinar de cualquier tema. No es nuevo el hecho de que el público participe (tanto el del plató como el de casa a través del teléfono, sea mediante llamada o mediante mensaje de texto), sino que lo nuevo es que lo haga con una pasmosa inquina disfrazada de libertad, pues las intervenciones traspasan la frontera de lo opinable y rozan el insulto en la mayoría de los casos. Se opina y se debate sin eufemismos, sin matizar las palabras que se emplean, con la crudeza de decir lo que se piensa y llamar a las cosas por su nombre sin respeto ni pizca de prudencia.
Este nuevo modo de criticar a la cara, y además en televisión, abre un camino en el que todo vale, en el que cualquier comentario está permitido. Sabemos que los participantes de estos programas acceden a ser criticados por los espectadores sin ningún tipo de restricción ni condiciones. Probablemente incluso se refleje en sus contratos, y firmen algo así como "el participante se compromete a acudir a cuantos programas sea invitado (excepto los de otras cadenas -claro está-) y a someterse al escarnio público y a cuantos insultos le dediquen los presentadores, colaboradores y espectadores de todos y cada uno de los programas", ¿no?
Algunos de los programas que permiten la participación y opinión libre del público sin regular el contenido ni la forma de las intervenciones, esto es, sin sancionar unas mínimas reglas de corrección y cortesía, casi diría de educación y vergüenza, son esas tertulias a las que hemos aludido, así como el ‘audiencioso' programa de búsqueda de pareja, en que los concursantes ya emparejados y el público de plató opinan (insultan) cuanto quieren, o el reciente programa repescado sobre conflictos legales que un juez resuelve, más desde la opinión que desde la jurisprudencia, en el propio plató de televisión. A todos estos concursantes y participantes no les basta con mostrar sus intimidades en público, sino que tienen que aguantar la sarta de comentarios, opiniones y críticas destructivas que cualquier les dirija; aunque imagino, como he adelantado, que quien va a estos programas ya sabe a lo que se expone, pero, sinceramente, no sé qué contrato puede compensar semejante escarnio público.
Público somos todos, y de una u otra manera, tenemos nuestra opinión de cada tema que nos interesa, otra cosa es que esa opinión nuestra personal trascienda el ámbito de lo privado y se convierta en opinión fundamentada por el mero hecho de difundirse en televisión.
Marta Montañez (20-05-09)

Ángeles - Villarrobledo dijo
¡Qué suerte tenemos! Podemos leerte dos veces en una semana, y se echaba de menos "tu pluma afilada".
Con respecto a este tema solo tengo una cosa que decir: someterse y aguantar el escarnio público va en el sueldo. Esta gente, que ya no son sólo concursantes de realities, que ocupan portadas de revistas y según creo estudios/tesis de no se qué universidad, venden hasta la última tira de su piel al mejor postor por un "buen" puñado de euros y hacen de esta situación su profesión. Personalmente no quiero que el ejemplo de Belén Esteban, o de cualquiera de los famosos / pseudofamosos que purulan semana tras semana en la tele de este país, haga creer a lo que más quiero en este mundo que la "mala" fama es un buen trabajo.
Convirtamos,otra vez, en VOX POPULI auquella frase mítica de los ochenta: la fama cuesta (un gran sacrificio y un enorme esfuerzo).
GRACIAS POR ESCRIBIR DE NUEVO
26 Mayo 2009 | 07:16 PM