Evaluación continua: exámenes, examinadores y examinados
Se ha iniciado oficialmente el periodo de exámenes universitarios y llegan las prisas porque todo se acumula: trabajos y prácticas de última hora, estudiar los últimos temas, repasar toda la materia, ponerse al día con los últimos apuntes... Todo lo último.
Todo proceso evaluativo, como bien saben los pedagogos y los profesionales de la didáctica, es complejo porque influyen una serie de aspectos que repercuten, se quiera o no, en el resultado que es lo que, en definitiva, se evalúa. Todo planteamiento metodológico trata de buscar la mejor solución para evaluar lo que se ha aprendido y la calidad del aprendizaje (la suma de lo que ya se sabía y de lo nuevo) y, así, surgen distintos modos de evaluar, aunque todos responden a dos cuestiones primordiales: qué y cómo.
Estas dos preguntas no reflejan sino la eterna dupla entre forma y fondo: la forma es el procedimiento (examen, trabajo, práctica, reseña, exposición, presentación...) y el fondo es el contenido, los conocimientos o técnicas adquiridos, según el caso. En general, no se recomienda utilizar un único procedimiento evaluativo, es decir, que el alumno no se lo juegue todo a una carta, normalmente, un examen escrito; pero diversificar los datos para evaluar al estudiante suponen un incremento de trabajo para el profesor que, además del procedimiento de examen habitual e imprescindible como comprobación del producto del aprendizaje, tiene que evaluar el resto de documentos o materiales presentados por el alumno.
Cuantos más datos posea el docente, mejor criterio tendrá para hacer una evaluación más ajustada a la realidad, pero, al mismo tiempo, mayor carga de trabajo se le acumula. Este es mi caso: al solicitar una o varias prácticas adicionales, teniendo en cuenta que el número de alumnos supera los 90, debo evaluar en estas fechas alrededor de 3000 folios con datos sobre lo que saben los discentes a mi cargo.
Esta cifra yo me la he buscado, porque creo firmemente que un examen (como producto del aprendizaje) no es suficientemente informativo sobre lo que sabe o no una persona. El trabajo en el día a día es fundamental para evaluar la capacidad de alguien, no solo lo que hace un día puntual. Una de esas fórmulas inventadas para evaluar mejor es la que se ha dado en llamar ‘evaluación continua', que, mal aplicada, no es más que una forma de evaluar el producto como suma de varios subproductos: en efecto, el resultado es la acumulación del proceso, pero eso no implica evaluar dos veces lo mismo. Me explico. Muchos centros de primaria y secundaria optan por preparar exámenes finales o hacia el final en los que, independientemente de las notas que se vayan obteniendo, se vuelve a evaluar a los estudiantes de los mismos contenidos. Es como si, una vez superado el examen teórico de conducir, nos volvieran a evaluar los contenidos teóricos en la prueba práctica. Es cierto que para poder presentarte a la práctica necesitas haber superado la teoría, pero no volver a evaluarte de ella. Por todo esto, considero que debe entenderse la evaluación continua como evaluación del proceso de aprendizaje, como obtención de datos en el día a día para determinar el resultado o nota final.
El examen final es insustituible, como hemos avanzado, pero insuficiente, puesto que confluyen diversos factores imprevisibles que pueden perjudicar al estudiante cuando, por desgracia, no puede demostrar lo que sabe en el ratito que dura la prueba. Así, no se puede perder de vista el estado anímico (preocupación, tristeza, ansiedad, nerviosismo...), la hora del examen (a primera hora, a media mañana, después de comer, a media tarde... no se hace igual un examen que otro), el estado físico (sueño, cansancio, dolor -de cabeza, de estómago, de espalda-, hambre, sed, calor, fiebre...), el lugar del examen (la distancia desde la que se acude, el posible desplazamiento, las condiciones de la propia aula de examen: temperatura, humedad, luz, incomodidad del espacio...) o, simplemente, se puede tener un mal día.
Tampoco hay que olvidar el funcionamiento de la memoria: se considera que, aproximadamente, en menos de una semana se pierde entre un 20 y un 40% de lo aprendido, y que, después de un examen, se pierde más del 60% de lo estudiado si no se refuerza ese aprendizaje adquirido. Por ello, el estudiante debe aspirar a la máxima nota posible, previendo esa pérdida que se produce desde que uno estudia o repasa hasta el momento de examinarse.
En definitiva, nunca se puede demostrar en una única prueba todo lo que se sabe. No hemos hablado de la suerte, que también la hay a veces: siempre hay un examen que bordamos aunque apenas lo habíamos preparado, o nos sale el único tema que nos habíamos estudiado, o se nos aparece la explicación divina y nos viene a la memoria una información utilísima en el momento preciso. De la suerte no voy a hablar en este artículo porque, de alguna forma, compensa las pérdidas que muchas otras veces experimentamos en los exámenes.
Den los últimos repasos, revisen, aunque sea por encima, todos los temas, por si viene la inspiración el día del examen, y comprueben el lugar, día y hora, que también se da el caso de quien se equivoca y pierde el examen por no estar atento. Mucho ánimo a todos, descanso, buen alimento y suerte, que para evaluar las pérdidas, como peritos evaluadores, ya estamos otros.
Marta Pilar Montañez Mesas (21-01-09)


difuminant dijo
ójala alguno de mis profesores leyese este texto
31 Enero 2009 | 07:46 PM