Navidad 2008
¿Quién me iba a decir hace casi 3 años, cuando empezó esta aventura bloguera, en enero de 2006, que a día de hoy tendría más de 5000 visitas en este pedacito de negro sobre blanco que es mi blog?
La presencia de alguien al otro lado es un deseo y una responsabilidad: tener algo que ofrecer, que compartir y que resulte atractivo, no es nada fácil. Además, este medio exige una constante actualización para mantener el dinamismo comunicativo y no estancarse en el estatismo de la página que permanece inalterable durante semanas, e incluso meses.
Lo bueno del blog es que la temática es tan libre que puedes ir colgando también documentos antiguos, aunque hagan referencia a personas o a situaciones que ya han perdido el valor de 'actualidad'. No obstante, siempre es preferible hacer referencia a hechos o realidades del presente inmediato, y ahora toca felicitar las fiestas y opinar sobre ellas. A ello voy.
Me gusta a medias la Navidad, como a casi todo el mundo, me gusta lo que representa, una lección de amor, pero me molesta en lo que se ha convertido: una excusa (como las miles que tiene el calendario laico: día de los enamorados, semana de los complementos, quincena de Turkinistán, mes del menaje...) para el consumismo y el 'comprar por comprar'; los Reyes se han convertido en una obligación, más que en un deseo de sorprender a alguien y de emocionarlo con nuestro detalle.
El otro punto de opinión frecuente en estas fechas es la tesitura en la que nos coloca la Navidad: la obligación moral de compartir mesa con personas, con las que no siempre hay confianza o buena relación: parientes lejanos, familia rencillada, jefes y compañeros insoportables... Pocas veces se destacan los reencuentros gratos, la vuelta a casa (sobre todo de hijos estudiantes, generalmente fuera de la localidad o en el extranjero), todo eso queda para los anuncios -otro tema recurrente también en estas fechas- en los que todos son felices y aciertan siempre con el regalo. Es verdad que no todas las familias están distanciadas, alguna queda todavía sin dividir por culpa de herencias o discrepancias de cualquier tipo, pero parece que los tópicos responden a lo más habitual.
Vista así, la Navidad se convierte en un tiempo de obligaciones añadidas: comprar regalos que gusten, organizar cenas de lujo con presupuestos de crisis, montar el belén (el portal, se entiende, no el follón), el árbol o lucecitas, compartir momentos con personas a las que no vemos habitualmente o con personas a las que no apetece ni saludar, fingir que estamos muy felices y que nos encantan los villancicos repetitivos en los centros comerciales rebosantes ("campana sobre campana", así, una sobre la otra, que deben llegar ya al cielo, por lo menos) de gente como nosotros, estresada, sin saldo y felicitándote la Navidad tres veces la misma semana "por si no nos vemos hasta el año que viene"... (ojalá, pensará alguno).
En fin, a mí sí me gustan los villancicos, pero los de los pueblos, y me encantaría volver a pedir el aguilando (que es como se dice aún en mi pueblo, en su forma antigua), y me gustaría volver a ver sentarse a la mesa a quienes ya la dejaron vacía, y regalarles el abrazo de despedida que no puede darles, y soñar con que quienes ahora la llenan, la ocupen muchos años.
Feliz Navidad a todos, os guste o no, y próspero año 2009, a ver si es mejor que este que, para mí, gracias a Dios, ya se acaba. Un abrazo y un beso a todos.
Marta Pilar Montañez Mesas (15-12-08)

Ángeles dijo
Tengo los ojos llenos de "diamantes" por culpa del penúltimo párrafo. Ahora si se porque me gusta la Navidad. No por que me ponga triste por los que no están, sino porque parece que es ahora, precisamente en Navidad, cuando los recuerdo de verdad.
Gracias
16 Diciembre 2008 | 01:37 PM