La universidad de la vida
Hace unos días me he presentado a la oposición al cuerpo de profesores de enseñanza secundaria con un resultado poco satisfactorio. Después del esfuerzo y de los nervios, al no alcanzar los objetivos, la decepción y el fracaso se hacen, si cabe, más profundos. Lo primero que te planteas cuando decides ser profesor es ¿qué es ser profesor?, y ¿qué es la escuela? O, dicho de otro modo, ¿para qué sirve la escuela? En teoría, para enseñar, educar y formar futuros ciudadanos y personas, pero hoy en día, la realidad es otra, y la escuela funciona casi como servicio de custodia de los hijos mientras los padres trabajan.
Entonces recuerdo lo que siempre me dice mi padre, la escuela es la vida. Y verdaderamente tiene razón. Por circunstancias, no todos los de su generación pudieron estudiar, pero han aprendido a vivir, a trabajar responsablemente, han adquirido un oficio y un medio de vida para sacar adelante a su familia y no deberle nada a nadie, más que al propio trabajo y esfuerzo. “Yo no he ido a la escuela, yo he estudiado en la universidad de la vida”, qué gran lección y qué acertadas palabras, papá. Francamente, para vivir, para ser buena persona, para ejercer un puesto de trabajo con eficacia, no se necesitan, en la mayoría de las veces, tener unos estudios superiores, porque a vivir se aprende viviendo. Y las enseñanzas de la vida no fracasan con suspensos, sino con calamidades y fatigas, pero eso sí, nunca se olvidan.
A vivir se aprende viviendo y lo que no se aprende es porque no hace verdadera falta en la vida. Y hay lecciones que nunca acaban de aprenderse, porque nadie nos enseña a sufrir ni a ser felices de verdad en esta vida.
Para todos aquellos que aprenden a fuerza de vivir
y no con tiza y pizarra, entre ellos, mi padre.
Marta Montañez (24-7-08/ 1-09-08)


Alberto dijo
Bienacida, por agradecida. Besicos, preciosa.
3 Septiembre 2008 | 11:54 AM