La “epistóloga” oficial
Hace años, cuando la escritura era aún privilegio de unos pocos, entre ellos, los niños escolarizados, los mayores analfabetos del medio rural tenían que recurrir a ellos para escribir a sus seres queridos, lejos o muy lejos del pueblo, en ausencia de otros canales de comunicación como el teléfono u otros sistemas mucho más modernos, impensables e inaccesibles para la mayoría en aquella época.
Así fue como mi madre se convirtió en la “epistóloga” oficial de mi pueblo –permítanme el neologismo-, pues se dedicaba, allá en su mocedad, a recorrer las casas de las mujeres del pueblo que, por no haber podido tener acceso a la escuela y haberse tenido que dedicar a trabajar casi desde niñas, no podían, por sí solas, comunicarse con los suyos por vía escrita. Digo mujeres porque eran las que se ocupaban de escribir y la iniciativa epistolar era suya.
Mi madre, alumna aplicada y brillante, inteligente y despierta, aprovechaba lo que podía la escuela (y digo yo que con buen provecho, porque mes tras mes se disputaba con otro el privilegio de ver su nombre escrito en el cuadro de honor de la escuela), mientras mi padre se dedicaba a matar pajarillos y otras alimañas con un tirachinas y corría por el pueblo buscando la aventura de hacerse mayor. Esa inteligencia y responsabilidad de mi madre daban confianza a las mujeres, que la llamaban para escribir “a sus chiquillos”, porque en mi pueblo a los hijos, mientras no se emancipen (e, incluso, a veces, una vez emancipados), se les llama chiquillos. Los hijos, emigrados del pueblo para encontrar un mejor trabajo que el de la tierra y la aceituna, eran, casi siempre, los destinatarios de aquellas sencillas cartas, aunque no los únicos: “querido hijo”, “queridos hijos y nietos”, “querido hermano y sobrinos”.
Aquellas cartas, plagadas de fórmulas “ya me dirás…”, “y también te digo…”, “de lo que me dices de fulanita…”, “de lo que preguntas sobre menganita…”, eran un ejercicio entretenido y lo hacía gustosa, y casi me atrevería a decir orgullosa, porque las mujeres confiaban tanto en ella como para que les leyera y escribiera las cartas, en las que, evidentemente, se contaban cosas personales e íntimas.
Digo “epistóloga” y no “epistolista”, que parecería más acertado para definir a quien escribe o copia cartas dictadas, puesto que mi madre había alcanzado un grado de especialización tal, que ejercía una labor investigadora de cartas, no solo conocía “al dedillo” sus características (podría incluso escribirlas de memoria) sino que intervenía en ellas, hacía de filtro, seguía unas convenciones (fórmulas, estructura, comienzo y cierre, despedida…), pero también eliminaba ciertas estructuras e incluía otras menos redundantes. Después, en la etapa de lectura y revisión del producto, la carta, debía recuperar los fragmentos que habían sido omitidos por su redundancia y su carácter repetitivo. Esa conciencia lingüística es la que me hace optar por el término ‘epistóloga’. Así, el discurso dictado durante el proceso de transcripción de la carta y el producto epistolar resultante habían llegado a diferenciarse bastante en su forma, precisamente porque mi madre, con un conocimiento lingüístico (y de las convenciones epistolares) mayor que el de las emisoras o remitentes de las cartas, intervenía en ellas para pulirlas y, digo incluso, perfeccionarlas y hacerlas menos repetitivas.
A todos los que escriben o transcriben por otros y transforman en algo tangible lo efímero de las palabras y dotan a la oralidad de la perdurabilidad de la escritura. Entre ellos, mi madre.
Marta Pilar Montañez Mesas (15-02-08)

Ángeles - Villarrobledo dijo
Que cierto es esto que cuentas. Leyendo tu artículo me ha venido a la memoria algo que había olvidado por culpa , sobre todo del tiempo y últimamente más por culpa del móvil, los sms y los e-mails. Ya hacía lo mismo que tu madre. Con 11 años leía a mi abuela las cartas que mi tío le enviaba desde cada uno de los puertos donde atracaba su barco. Después tocaba contestar con premura para que el hijo tuviese las últimas noticias de la familia. A mi abuela se le unieron dos vecinas que escribían a su nieto y a su hijo. Ahora, con 31, me emociona recordar algunas de las despedidas a las que nunca querían llegar y que siempre llenaban sus ojos de lágrimas.
Ójala y en nuestros buzones, de vez en cuando, el cartero al que estas mujeres esperaban como si fuese un enviado del cielo, dejase alguna carta con remitente conocido y querido, y no las facturas y letras del banco que últimamente solo nos dan disgustos.
23 Julio 2008 | 01:24 PM