No quiero saberlo: sobre la verdad y la sinceridad
A veces preferiría no saber ciertas cosas. La sinceridad y el conocimiento de ese saber abstracto e indemostrable que llamamos ‘verdad’ están, en ocasiones, sobrevalorados. Muchas veces la verdad no conduce a ninguna parte: cuando es dolorosa y su conocimiento no ayuda a solucionar la realidad, ¿de qué sirve conocer ‘la verdad’? Saber la verdad de las cosas no siempre arregla los problemas: no se reinserta a un drogadicto por mucho que se lo digan a la cara, ni se vuelve guapa una persona por mucho que le grites ‘fea’.
La sinceridad, entendida como actitud de decir siempre la verdad de las cosas, la versión más fidedigna de la realidad, se ha convertido en un valor incuestionable en nuestra sociedad y la mentira se deplora y se castiga con el descrédito social y moral. “Decir la verdad”, como objeto de la sinceridad, es una norma ética que nos viene reforzada por la moral cristiana y la mentira, por lo tanto, es un pecado de los tipificados, además, como capitales.
Desde niños nos enseñan que siempre, SIEMPRE, hay que decir la verdad. Cuando conoces a alguien, sobre todo, si esperas que sea tu pareja, le exiges, ante todo, sinceridad, como si por decirte que hoy estás insoportable te quisiera más, quizá la diplomacia en ese caso es más aconsejable. Otras veces decir la verdad te obliga a traicionar a alguien, contar sus secretos, declarar sus problemas o sus otros pecados, con lo que por decir la verdad incurres en otro pecado, no sé si peor o mejor que mentir: la traición.
La verdad, por otra parte, es algo intangible, porque la vida no es inequívoca, sino que cualquier hecho o suceso tiene tantos puntos de vista como miradas lo contemplen, incluso cada vez que examinamos algo lo hacemos con otros ojos: en otro momento, con otra experiencia, con información nueva,… entonces ¿dónde está la verdad? Y, sobre todo, ¿para qué sirve saber la verdad?
En ocasiones he imaginado cómo se comportan otras personas cuando no están conmigo, qué dicen de mí, cómo se expresan de mí ante los demás en mi ausencia y qué piensan realmente de mí. En esos casos, se me ha ocurrido la absurda idea de tener un resquicio por donde vigilar a escondidas a las personas que me importan. Pronto descubro mi error porque, en realidad, prefiero no saber ciertas cosas, ¿cuánto sufriría si me enterara de algo desagradable? Por eso, no quiero saberlo. La ignorancia es la felicidad porque uno vive más tranquilo, ¿de qué te sirve la verdad? ¿te hace la verdad más feliz?
Por todo esto, no entiendo cómo los familiares de los concursantes de cierto programa sobre su vida asisten para escuchar las verdades en la cara, así, ‘verdad o mentira’, delante de toda España. Me pregunto cuántas relaciones seguirán como hasta ese momento y si salen más felices de ahí, aunque, claro, las penas con pan son menos: aunque dejes de hablarte con tu hermano porque duermes con su mujer, te llevas un dinero muy sincero, eso sí; y la verdad y la sinceridad te conducen a otro pecado: la avaricia.
No es esta una apología de la mentira, ni mucho menos, sino una reflexión sobre el hecho de que evitar unos pecados (o actitudes éticas, si no se quiere utilizar un lenguaje religioso) te puede conducir a cometer otros, y contra la verdad sin escrúpulos:
- Tu trabajo no vale para nada.
- Jo… no me digas eso.
- ¡Uy! Pero si es verdad…
Ahí está la palabra maldita. ¿De qué me sirve que sea verdad? ¿Qué se gana con decirle a una persona las verdades en la cara? Te lo voy a decir: NADA (a no ser que estés en el gran mercado del mundo que es cierta forma de televisión, donde todo vale, y la dignidad de las personas se compra y se vende al mejor postor).
La verdad tiene que servir para ayudar, no para destruir. Por el mero hecho de ser verdadera una información no significa que por decirla estemos haciendo algo bueno. La sinceridad tiene límites: el decoro, el secreto, la diplomacia… No es más sincero quien te dice SIEMPRE la verdad, sino quien, sabiéndola, no la utiliza para hacerte daño, ni para descargar su conciencia, ni para su propio beneficio, sino para hacerte más feliz.

Almadeguerrero dijo
La verdad es relativa. Es parcial, pues parciales e imperfectos que esgrimen esa idea que llaman verdad y que se usa como arma arrojadiza.
Decirle a alguien que su trabajo no vale nada, como es ese ejemplo que propones, es una tamaña necedad y un acto de mala uva, por no decir de insensatez y mala leche.
Un trabajo, cualquiera que sea es disciplina para el alma, desde recoger chatarra a ser verdugo, tooodos los trabajos encierran una enseñanza. Unos porque nos ponen frente a frente con realidades personales y otras porque lo hacen a necesidades de otros... en cualquier caso, ninguna obra o actitud humana cae en saco roto. Podríamos pensar que sí, que no nos enteramos, quizás la mente almacena información que el alma lee. Y esa es la fuente de conocimiento más importante.
Descalificar a otros desde nuestro "conocimiento" de la realidad, siempre parcial, es obstruso, es simple y llanamente un acto de soberbia, de ego, de desconsideración.
No encuentro ni que los niños, ni los borrachos digan siempre la verdad. Que sean desinhibidos, no digo que no, pero eso no les otorga mayor razón.
La verdad se ensaña, y cuando se usa como elemento disuasorio, destructivo... la verdad no sirve.
Para mí la verdad es ese elemento que usamos para resolver una realidad concreta y entendemos como estable e inmutable en nuestra coyuntura y nuestro esquema personal, social o como civilización...
Las verdades hoy pueden no serlo mañana.
23 Junio 2008 | 12:06 PM