Estherconhache o el fetichismo de la letra
Los nombres propios son especiales no solo porque identifican (a diferencia de los nombres comunes que solo categorizan), sino
que además, se convierten en un emblema casi sagrado de
nuestra identidad. Desde que por vez primeras nos preguntan “¿cómo
te llamas?” quedamos obligados a respetar cada letra de nuestro
nombre y apellidos.
El nombre es como una extensión más de nosotros mismos, por lo que, cualquier mínimo error en su escritura o pronunciación
nos parece la mayor de las ofensas, como si hubieran herido nuestra
alma: ¿Es usted Lola Jiménez? Síiiiiiiii ¡pero CON JOTA! Pobre funcionario de turno, que se encuentra con semejante respuesta. A todo aquel que tenga un apellido o un nombre que se desvíe de la ortografía habitual o tenga varias posibilidades de escritura, lo lleva claro. No digamos aquellos que tienen un apellido o un nombre extranjero, entonces más les vale deletrearlo o escribirlo ellos mismos en un papel y mostrarlo como las chicas del Telecupón: una ‘te’,
una ‘a’, una ‘i’, una ‘ele’, una ‘o’ y una ‘erre’: ‘tailor’. Entonces el funcionario te mira: pero si se escribe igual, y la extranjera piensa: ¡ya!, pero seguro que si no te digo nada, vas tú, y lo escribes mal.
Los nombres nos condenan a estar pendientes de la letra: ‘a ver si me han puesto bien el apellido’, toda la vida. Y dejas de llamarte Esther, Sarah o Letizia, cuando te preguntan “¿cómo te llamas?”, automáticamente contestas: “esterconhache” o “saraconhache” o, sin ir más lejos, “leticiaconzeta” (permitan que los escriba tal y como suenan, porque, en efecto, eso es lo que oímos, entre otras cosas, porque la hache es muda en español, y con la zeta real no me meto, que ya vimos lo que les pasó a los del Jueves).
El nombre propio (como todo lo propio) lo defendemos a capa y espada, como un tesoro, ¡ay! del que se atreva a modificarlo, por eso resiste a los cambios de la propia lengua y se hereda de generación en generación, como las grandes fortunas, pero, a diferencia de
estas, el nombre nos lo llevamos también a la tumba. Tan
obsesionados estamos con nuestro nombre, que segura estoy de que más de uno, al ver que lo escribían mal sobre su lápida, a punto estuvo de salir a corregir al enterrador: ‘¡que soy Valdez CON ZETA!’
Como se imaginarán, yo también padezco el mal del ‘nombre con trampa’, permítanme que acuñe este concepto, porque ya habrán adivinado que voy por la vida rectificando funcionarios y demás escribidores, por eso, aquí lo escribo yo misma, tal y como sonaría, para que no haya error: Marta Pilar Montañezconeñeyconzeta.
Marta Montañez (agosto, 2007)
!-->

celemin dijo
A mi a parte de tener que deletrear siempre el primero porque hay cuatro similares, me pasó algo curioso con el segundo en un aeropuerto. Como contiene una Ñ tuve que explicarle como se pronunciaba, y parece que le hacía gracia porque era un sonido desconocido para él....
(a parte del problemilla en el teclado....)
31 Agosto 2007 | 12:13 PM