Érase un hombre a un pantalla pegado
Érase un hombre a una pantalla pegado
Érase una pantalla superlativa.
Sí, sí, pero de plasma y con
Y no es la única: la pantalla del móvil, del DVD portátil, de
Hemos cambiado las caricias por clicks y los abrazos por menús interactivos. Nuestro estado de ánimo ya no es eufórico o melancólico, sino on y off. Las pantallas nos inundan (y nos transforman), porque todo ahora tiene que aparecer en una pantalla, si no está en pantalla, no existe. Ya se están cambiando las pizarras por pantallas y la tiza por proyectores, las fotocopias, por Powerpoint. Sin pantalla no eres nadie. Y no sirve cualquier pantalla, no. Tiene que ser ‘de última generación’, o sea, de mañana, porque la de hoy, mañana estará obsoleta. Las pantallas nos superan, no importa lo buena que sea la tuya, pronto habrá otra mejor, no importa cuánto te cueste, mañana valdrá la mitad y te quedarás con cara de tonto, con tu pantalla ‘casi último modelo’ y mucho menos en el bolsillo.
Estoy pensando que deberíamos convocar un ‘Día sin pantallas’. Podría ser un gran pantallazo azul, como los de windows98, un apagón tecnológico real o simbólico y por unas horas, salir a pasear, a conocer gente, a quedar con los amigos, pero sin pantallas (sin cine, sin móviles, sin navegador, nada, solo la inteligencia y el contacto con las personas). No creo que muchos se animen a secundar esta iniciativa, aunque algún loco siempre hay, como el que se fue a abanicar junto al Mediterráneo para que pudieran competir los barquitos de
Marta Montañez (17-05-07)
