HACE QUINCE AÑOS...
Hoy es cinco de mayo de dos mil seis. Hoy hace 15 años de mi Primera Comunión, probablemente, el día más feliz de mi vida.
Echo la vista atrás y casi no me reconozco: ni mi sonrisa, ni mi mirada, ni yo soy la misma. Jamás pensé que podría cambiar tanto. Ya no tengo la misma alegría, ni la misma ilusión de vivir, todo parece tambalearse por momentos, y al punto, recobro el equilibrio. Mi entusiasmo lucha contra mi pesimismo, y entre esas aguas turbulentas navego sin remedio. Ya no soy la misma, las fotos me delatan, y no solo por la edad, también por las ilusiones: no son las mismas, ni tan intensas, a veces ni siquiera estoy segura de tenerlas. Mirando dos fotografías no veo el mismo brillo. Me asusta haber perdido un poquito de mi naturaleza alegre y decidida, de mi fuerza de voluntad y mi externa valentía.
Aquel día, hace quince años, mi mundo era el hermoso jardín de la ingenuidad y la inocencia. Poco imaginaba aquel soleado día que nunca volvería a ser lo mismo. Está claro que cada momento de la vida es irrepetible, efímero, porque pasa y no vuelve y solo queda el recuerdo. Pero aquel día sería irrepetible porque poco después ya no estaban todas las personas que compartieron aquel día conmigo. Entonces se secó aquel jardín y nunca volvió a florecer igual, porque la ingenuidad dio paso a la realidad de la vida: cuando alguien se va, se apaga una luz que no vuelve a brillar, y cada día su lugar está vacío en la mesa, y no volver a verlo más significa que no vuelve a abrazarte, ni a llamarte por tu nombre, ni a felicitarte en tu cumpleaños, ni a compartir contigo más días. No imaginaba aquel cinco de mayo que en ocho meses dejaría de poder llamar a alguien ‘abuelo’. Me quedan, todavía hoy y ojalá que por muchos años, mis abuelas, pero aquel momento supuso un antes y un después en mi madurez y en mi vida. Supongo que fue la primera vez que vi llorar a mis padres, y aunque entonces no comprendía lo que significaba la muerte, la ausencia definitiva, me impactó tanto el dolor de mis padres, que aquello fue suficiente para entender la vida, la auténtica, no la que hasta entonces había vivido en aquel hermoso jardín.
Hace quince años, ahora puedo asegurarlo, era la persona más feliz que uno pueda imaginar, y la ilusión de muchos meses culminó en el día más alegre que he tenido, y aunque después he tenido días bonitos, ninguno ha sido como aquel. Fue de los últimos días que viví en aquel jardín, la vida se encargó de abrirme las puertas. Cada día riego y abono mi vida, pero las flores pronto se marchitan, y su fragancia no es tan intensa y ya no tienen el brillo de hace quince años.
(05-05-06 )

celemin dijo
Es la vida. Unas luces se apagan y otras se encienden.
10 Mayo 2006 | 10:42 AM