Respeto sí. Violencia no, gracias.
Una niña sigue en coma en un hospital por la paliza de un adulto. Indignación y vergüenza. Para ese cobarde, no hay castigo imaginable.
¡Qué lástima de especie humana! ¡Qué desperdicio de inteligencia! El hombre ha construido puentes para cruzar ríos, ha diseñado transportes, máquinas y herramientas que le faciliten el trabajo, ha descubierto fórmulas y técnicas para paliar sus enfermedades, y sin embargo, desde el inicio de los tiempos, el hombre sigue luchando, su violencia no ha cambiado. Nunca la violencia está justificada: ni por dinero, ni por poder, ni por orgullo, ni siquiera por venganza. Pero ahora hemos llegado al límite entre la violencia y la monstruosidad: la violencia sin sentido, la saña contra el débil, contra el inocente. La violencia se ha vuelto gratuita: se mata por nada, se golpea por nada, porque NADA justifica la agresión, el uso violento de la fuerza ni la destrucción del otro. A diario contemplamos impotentes y aterrados la violencia doméstica, la violencia terrorista, la violencia escolar,…
Siempre han existido cobardes que canalizan sus frustraciones y limitaciones en el ataque a los demás, pero hemos llegado a la guerra de todos contra todos. No podemos culpar solo a los padres de malcriar o desatender a sus hijos, ni a los tutores, maestros y profesores encargados de educarles (o custodiarles), ni a las administraciones, ni a los videojuegos por su contenido violento, ni a los programas de televisión en que pseudo-tertulianos se insultan públicamente por nimiedades. No podemos culpar a nadie en concreto porque todos formamos esta sociedad, la sociedad no es un ente abstracto superior a nosotros, SOMOS nosotros. Y tenemos que empezar a recuperar algo que hemos perdido: el RESPETO. En la escuela hay que enseñar a respetar el espacio del otro: no insultes, ni pegues ni molestes a tu compañero, él tampoco te va a molestar a ti. En la familia, hay que enseñar con el ejemplo y respetar a los padres, a los mayores, dejar a cada uno su espacio, no incomodar a nadie. En la vida pública, los responsables a quienes competa el diseño de los formatos televisivos han de seleccionar adecuadamente a sus colaboradores e imponer unas normas (de lo que se ve se aprende). Los encargados de la vida política habrán de trocar sus múltiples acusaciones por soluciones y negociación inteligente: el intercambio de insultos no mejora la sociedad, flaco favor le hacen a los ciudadanos si se limitan a critican su gestión mutua en lugar de preocuparse por los problemas que de verdad interesan: empleo, vivienda, educación, sanidad, terrorismo…
Tras los dibujos sobre una figura de culto, hace unos días, circuló por Internet un garabato con un nombre infraescrito que rezaba: Mahoma. Sentí vergüenza ajena. ¿Hubiéramos tolerado que personas de otras religiones hubieran difundido un símbolo cristiano mofándose de él? Además de ser una terrible blasfemia, es (independientemente de tu inclinación religiosa) una falta de respeto intolerable. ¿No nos parece vergonzoso porque no es una cruz con un Cristo ensangrentado? A mí sí.
En definitiva, es tarea de todos tomar cartas en el asunto y empezar YA a hacer campaña a favor del respeto: respetar el espacio y las circunstancias del otro (su religión, su cultura, su lengua). Los organismos públicos y privados también pueden y deben motivar actitudes pacíficas, porque en lugar de ser una sociedad nos estamos convirtiendo en suciedad.

meri poppins dijo
respeto sí, humor también...
28 Marzo 2006 | 02:38 PM