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La Coctelera

Próxima parada, tu corazón

Mañana será otro día, y será mejor.

Categoría: Llena de poesía tu vida

16 Septiembre 2009

A una silla

 

Me duele el respaldo

de la ausencia de tu espalda,

de tu fragancia tibia,

que en la soledad del aula vacía,

cada noche,

se me pierde.

Marta Montañez (15-09-09)

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24 Junio 2009

Sobreviviendo sueños

 

Me he dado cuenta de que la vida es un camino

que no se acaba aunque tropieces una vez.

Me he dado cuenta de que el destino

es ese camino que has de recorrer.

Me he dado cuenta de que el silencio

es el mejor amigo para no ofender.

Me he dado cuenta de que hay momentos

en que querrías desaparecer,

sin pensar en lo que atrás dejas

y sin soñar con lo que puedes llegar a ser.

Sueña, sueña despierta, pero sueña,

que sin sueños no hay vida, ni destino,

ni camino, ni trayecto por el que luchar,

que sin sueños no hay objetivos ni motivos,

ni metas por las que te tengas que esforzar.

Si no sueñas, no estás vivo,

sobrevives, sin más.

 

Vivir sin soñar no es vivir,

es sobrevivir nada más.

 

Para todos aquellos que han perdido las ilusiones o la confianza en sus posibilidades. Gracias Mila, Marta, María José, María, Lorena, Nadia y Juan por alimentar mis sueños.

Marta Pilar Montañez Mesas (24-06-09)

 

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6 Febrero 2009

A veces no me salen las palabras

 

A veces no me salen las palabras,

se agolpan, se enredan, se ofuscan,

e incluso se marchitan

antes de que sepa pronunciarlas.

 

A veces no me salen las palabras,

a mí, que tanto hablo,

se me apaga un poco el alma,

me aturullo, me freno, me callo.

Como mucho, balbuceo, emito

sin sentido voces que no dicen nada.

 

A veces no me salen las palabras,

como hoy me ha pasado contigo,

que aún queriendo decir,

me he quedado callada.

 

Solo consigo decírtelo así,

con versos que quieren ser poema

y no son más que frases enlazadas,

con las que intento, en vano, gritarlo,

y apenas si te susurro "gracias".

 

A todos los que están ahí cuando más los necesito y, hoy, en especial,

a Sara, por su mirada de comprensión que, aunque silenciosa, me habla en voz alta.

 

Marta Montañez (06-02-09)

 

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22 Julio 2008

La “epistóloga” oficial

Hace años, cuando la escritura era aún privilegio de unos pocos, entre ellos, los niños escolarizados, los mayores analfabetos del medio rural tenían que recurrir a ellos para escribir a sus seres queridos, lejos o muy lejos del pueblo, en ausencia de otros canales de comunicación como el teléfono u otros sistemas mucho más modernos, impensables e inaccesibles para la mayoría en aquella época.

Así fue como mi madre se convirtió en la “epistóloga” oficial de mi pueblo –permítanme el neologismo-, pues se dedicaba, allá en su mocedad, a recorrer las casas de las mujeres del pueblo que, por no haber podido tener acceso a la escuela y haberse tenido que dedicar a trabajar casi desde niñas, no podían, por sí solas, comunicarse con los suyos por vía escrita. Digo mujeres porque eran las que se ocupaban de escribir y la iniciativa epistolar era suya.

Mi madre, alumna aplicada y brillante, inteligente y despierta, aprovechaba lo que podía la escuela (y digo yo que con buen provecho, porque mes tras mes se disputaba con otro el privilegio de ver su nombre escrito en el cuadro de honor de la escuela), mientras mi padre se dedicaba a matar pajarillos y otras alimañas con un tirachinas y corría por el pueblo buscando la aventura de hacerse mayor. Esa inteligencia y responsabilidad de mi madre daban confianza a las mujeres, que la llamaban para escribir “a sus chiquillos”, porque en mi pueblo a los hijos, mientras no se emancipen (e, incluso, a veces, una vez emancipados), se les llama chiquillos. Los hijos, emigrados del pueblo para encontrar un mejor trabajo que el de la tierra y la aceituna, eran, casi siempre, los destinatarios de aquellas sencillas cartas, aunque no los únicos: “querido hijo”, “queridos hijos y nietos”, “querido hermano y sobrinos”.

Aquellas cartas, plagadas de fórmulas “ya me dirás…”, “y también te digo…”, “de lo que me dices de fulanita…”, “de lo que preguntas sobre menganita…”, eran un ejercicio entretenido y lo hacía gustosa, y casi me atrevería a decir orgullosa, porque las mujeres confiaban tanto en ella como para que les leyera y escribiera las cartas, en las que, evidentemente, se contaban cosas personales e íntimas.

Digo “epistóloga” y no “epistolista”, que parecería más acertado para definir a quien escribe o copia cartas dictadas, puesto que mi madre había alcanzado un grado de especialización tal, que ejercía una labor investigadora de cartas, no solo conocía “al dedillo” sus características (podría incluso escribirlas de memoria) sino que intervenía en ellas, hacía de filtro, seguía unas convenciones (fórmulas, estructura, comienzo y cierre, despedida…), pero también eliminaba ciertas estructuras e incluía otras menos redundantes. Después, en la etapa de lectura y revisión del producto, la carta, debía recuperar los fragmentos que habían sido omitidos por su redundancia y su carácter repetitivo. Esa conciencia lingüística es la que me hace optar por el término ‘epistóloga’. Así, el discurso dictado durante el proceso de transcripción de la carta y el producto epistolar resultante habían llegado a diferenciarse bastante en su forma, precisamente porque mi madre, con un conocimiento lingüístico (y de las convenciones epistolares) mayor que el de las emisoras o remitentes de las cartas, intervenía en ellas para pulirlas y, digo incluso, perfeccionarlas y hacerlas menos repetitivas.

A todos los que escriben o transcriben por otros y transforman en algo tangible lo efímero de las palabras y dotan a la oralidad de la perdurabilidad de la escritura. Entre ellos, mi madre.

Marta Pilar Montañez Mesas (15-02-08)

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3 Mayo 2008

Contracorriente

Su vida es un nadar constante contra las olas. Cada día se esfuerza por nadar más adentro, más adentro, pero el impulso de las olas la arrastra y, al cabo del día, vuelve a encontrarse cada mañana exhausta, sin fuerzas, en la orilla donde había empezado el día anterior. Y cada día, con un poco más de desánimo, pero con mucha más rabia por dentro, inicia de nuevo su andadura y comienza a nadar: al principio, con ciertos temores; pero, poco a poco, con fuerza, con energía, al final, las olas la devuelven a la playa, a la orilla, pero sigue, cada día, cada día.

Marta Montañez (27-12-07)

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9 Abril 2008

Hay tantas formas de decir ‘te quiero’

Ya no se me ocurre otra forma de decirte ‘te quiero’. Hay muchas formas de decirlo: con besos, con palabras, con miradas, hasta con silencios… Te quiero. Pero llega un momento en que tantas veces te lo he dicho que se me acaban las formas, los modos… Te escribo cosas que se me ocurren, parecidas a poemas, y alguna que otra notita, a veces algún correo electrónico, pocos mensajes –lo sé-. Intento recordártelo siempre que puedo, pero las palabras, como las cosas, con el tiempo y el uso se desgastan, y lo que pierden no es su lustre, ni su frescura, ni su novedad, sino su significado. De tantas veces decir te quiero, te quiero, te quiero, puede a veces sonar menos sincero, menos auténtico, de tantas veces decirlo. Sin embargo, es la forma más sencilla y más directa de expresar todo lo que siento: de expresar el amor, la gratitud, la necesidad, el afecto, el cariño, lo importante que eres para mí, lo imprescindible que eres para mí. Es la forma más directa de decirte te necesito, te quiero, sin ti no sé qué pasaría de mí. ¿Cómo sería mi vida sin tus besos, sin tus atenciones, sin saber que estás ahí, que espero el momento de abrazarte, de susurrarte al oído, de cantarte alguna canción, de ver tus ojos, tu sonrisa, cuando aparezco, de abrazarte, cerrar los ojos y dejarme llevar por ti?

No necesito decirte lo mucho que siento: me basta mirarte, sonreírte, mirar tus ojos, permanecer en silencio, abrazados, acariciándonos, tocándonos el pelo,… A veces, no se me ocurren formas nuevas de decirte todo esto que siento. Y siempre vuelvo a la misma forma de antes, a la eterna, a la más directa: TE QUIERO. ¿De qué otro modo se puede decir mejor? ¿De qué otra manera se puede expresar con más acierto, más sentida, más verdadera? Te quiero. Recuérdalo siempre, mis palabras, mi voz, lo que digo en este momento, así, de improviso, las tengas siempre contigo, presentes, te quiero. Y creo que te querré siempre, si tú me dejas que te quiera, siempre. Tu nena. Te quiero.

Marta Montañez (23-12-07)

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27 Febrero 2008

Te puedo amar con la mirada

No sabía cómo y ahora sé que te puedo amar. Te puedo amar con los ojos, te puedo amar cantándote al oído, te puedo amar en la distancia, con mis palabras, con mis versos, con mis susurros: te puedo amar con la mirada. Y al mirarte, te estaré dando lo que ansías, y estaré cumpliendo el deseo oculto de amarte yo. El nuestro es un amor platónico auténtico, de los consagrados solo al fondo, y no a la forma, ni a lo físico, ni a lo carnal, mundano o liviano.

Te amaré con los ojos, como nadie te ha amado. Te amaré sin descanso. Con el amor intenso de mi mirada profunda, misteriosa, lejana, silenciosa, incluso fría, tibia a veces, cálida siempre: tu amiga.

Te amaré con los ojos, como nadie te amará, como nadie te habrá amado. Para siempre, tus ojos, tu amiga.

Marta Montañez (19-12-07)

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20 Febrero 2008

Hay tantas formas de decir ‘te quiero’

Hay tantas formas de decir ‘te quiero’… con besos, con caricias, con sonrisas, con silencios… Pero, ¿cuántas veces se dice sin ser sincero? ¿cuántas veces se pregona sin ser verdadero? ¿cuántas veces se pronuncia solo por contentar a alguien, para verle sonreír?

‘Te quiero’ es demasiado grande para muchas personas, porque solamente es inmenso cuando es verdadero: TE QUIERO. Me cuesta a veces pronunciarlo para que no pierda su sentido. Tantas veces lo he escuchado y tantas veces lo habré oído, que dudo si alguna vez no habrá sido sincero. Del mismo modo, tantas veces lo he pronunciado, tantas veces, que dudo, si alguna vez me habré equivocado, pero claro, tengo miedo de gastarlo, porque las palabras con el uso, como la cosas, se desgastan y acaban por no significar nada. Te quiero. ¡Qué hermoso, qué lindo suena al oído, si es sincero! Te quiero. Pienso y sé que los míos son sinceros. Pienso y sé que los tuyos son verdaderos. Pero ¿cómo descubrir a veces si son falsos o son auténticos? El tono de la voz, la mirada, la palabra, el corazón… ¡cuántas se engañarán pensando que son amadas! ¡cuántos sonreirán creyendo ser los amados! Te quiero y solo espero que en mí no se gaste la palabra y siempre sea verdadera: te quiero.

Marta Montañez (18-12-07)

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Hola a todos! soy una filóloga a quien le encanta escribir. En este viaje vital, he decidido hacer una parada con destino en tu corazón. Saludos!!!

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