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Terra
La Coctelera

Próxima parada, tu corazón

Mañana será otro día, y será mejor.

Categoría: Al borde del camino

3 Abril 2012

Textos que no quieres escribir

 

Hay textos que uno está deseando escribir: una invitación, una felicitación, un homenaje... Y hay textos que no quisieras tener que escribir, aquellos que comunican hechos terribles, que a nadie le gustaría tener que transmitir. Los vas postergando, como las tareas ingratas, que dejas para otro momento, pero que haces porque no hay más remedio. Se te plantean en la vida y no puedes esquivarlos.

Llevo días escogiendo palabras, buscando el momento, intentando reunir en unas líneas un sentimiento que me ha sobrecogido el corazón, un sentimiento que  no quisiera tener, y no encuentro las palabras adecuadas, tiernas, comprensivas, sinceras, pero sin caer en lo tópico, sin que resulte incómodo y con el tacto que requieren ciertos actos comunicativos, como el que quiero poner por escrito.

Como profesora, me veo en la obligación de escribir cosas que no quiero: amonestaciones, castigos, suspensos... Es muy comprometido que en tus manos esté el destino de alguien, por eso no estudié medicina, pero, en cierta manera, algunas de nuestras decisiones afectan a otras personas, y esa responsabilidad es muy ingrata, es una tarea que preferiría no tener que realizar. Enseñar, explicar, trabajar con los alumnos son tareas enriquecedoras, dinámicas y que desarrollan las capacidades de cada uno, también las mías, pero tener que evaluar, sancionar y, dado el caso, suspender a alguien, son obligaciones muy ingratas que, encima, han de refrendarse por escrito, para que quede constancia. La evaluación nos demoniza, por muy constructivo que uno quiera ser.

 

Las palabras que trataba de encontrar estos días eran otras, mucho más difíciles de expresar, son las de las ocasiones terribles, como las malas noticias, que no hay más remedio que darlas pero que duelen tanto al que las da como, sobre todo, a quien las recibe, que tendrá que vivir con ellas. Las condolencias son siempre terroríficas y más, cuando la destinataria es alguien a quien se aprecia, se quiere y se siente tan cercana. Un ‘lo siento' acaba siendo un texto vacío, porque nada de lo que digas en un momento así tiene sentido. La pérdida de un ser querido es insuperable, y cada uno trata de ayudar a su manera. El apoyo de quienes te rodean, las muestras de cariño, las palabras tiernas, comprensivas, de auxilio en un momento donde todo se hunde... son formas de tratar de ayudarte, aunque a fuerza de repetirse puedan acabar sonando huecas, aunque de corazón sean sinceras.

Recibe mi abrazo, mi cariño, mis torpes palabras que solo tratan de consolarte. De corazón, lo siento.

Marta Pilar Montañez Mesas (2-4-12)

In Memoriam M.A.M.C

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3 Abril 2012

Textos que no quieres escribir

 

Hay textos que uno está deseando escribir: una invitación, una felicitación, un homenaje... Y hay textos que no quisieras tener que escribir, aquellos que comunican hechos terribles, que a nadie le gustaría tener que transmitir. Los vas postergando, como las tareas ingratas, que dejas para otro momento, pero que haces porque no hay más remedio. Se te plantean en la vida y no puedes esquivarlos.

Llevo días escogiendo palabras, buscando el momento, intentando reunir en unas líneas un sentimiento que me ha sobrecogido el corazón, un sentimiento que  no quisiera tener, y no encuentro las palabras adecuadas, tiernas, comprensivas, sinceras, pero sin caer en lo tópico, sin que resulte incómodo y con el tacto que requieren ciertos actos comunicativos, como el que quiero poner por escrito.

Como profesora, me veo en la obligación de escribir cosas que no quiero: amonestaciones, castigos, suspensos... Es muy comprometido que en tus manos esté el destino de alguien, por eso no estudié medicina, pero, en cierta manera, algunas de nuestras decisiones afectan a otras personas, y esa responsabilidad es muy ingrata, es una tarea que preferiría no tener que realizar. Enseñar, explicar, trabajar con los alumnos son tareas enriquecedoras, dinámicas y que desarrollan las capacidades de cada uno, también las mías, pero tener que evaluar, sancionar y, dado el caso, suspender a alguien, son obligaciones muy ingratas que, encima, han de refrendarse por escrito, para que quede constancia. La evaluación nos demoniza, por muy constructivo que uno quiera ser.

 

Las palabras que trataba de encontrar estos días eran otras, mucho más difíciles de expresar, son las de las ocasiones terribles, como las malas noticias, que no hay más remedio que darlas pero que duelen tanto al que las da como, sobre todo, a quien las recibe, que tendrá que vivir con ellas. Las condolencias son siempre terroríficas y más, cuando la destinataria es alguien a quien se aprecia, se quiere y se siente tan cercana. Un ‘lo siento' acaba siendo un texto vacío, porque nada de lo que digas en un momento así tiene sentido. La pérdida de un ser querido es insuperable, y cada uno trata de ayudar a su manera. El apoyo de quienes te rodean, las muestras de cariño, las palabras tiernas, comprensivas, de auxilio en un momento donde todo se hunde... son formas de tratar de ayudarte, aunque a fuerza de repetirse puedan acabar sonando huecas, aunque de corazón sean sinceras.

Recibe mi abrazo, mi cariño, mis torpes palabras que solo tratan de consolarte. De corazón, lo siento.

Marta Pilar Montañez Mesas (2-4-12)

In Memoriam M.A.M.C

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2 Noviembre 2011

Novata y experta

Cuando empecé a ejercer de profesora de secundaria me encontré con un mundo que desconocía y, además, todo me vino de sopetón, pues no me imaginaba que me iban a llamar para trabajar. Todo se me hacía cuesta arriba: los madrugones a las 5.10 de la mañana, los 122 km de viaje de idea y los mismos de vuelta diarios, autobús-tren-coche en diferentes combinaciones durante toda la semana, una tutoría maja pero en la que no tenía ni idea de qué hacer, nadie te prepara para eso, y un horario en el que todos los días acababa a las 3.05, es decir, tenía las últimas horas.

Nada más empezar, y con la perspectiva de estar casi todo un trimestre y, en consecuencia, de evaluarlo, no imaginaba que me lo iban a poner tan difícil. En concreto, de mis 6 grupos, 2 se dedicaron a hacerme la vida imposible. Entonces, cuando volvía a casa rendida después de muchas horas (a veces más de 12) de estar fuera, y me quejaba de lo duro que estaba siendo, quienes bien me quieren me consolaban diciéndome que todo se debía a mi condición de novata, que estaba ‘pagando la novatada' y que con el tiempo, todo iría mejor, que no podía dejar que me afectara tanto, por salud y por calidad de vida.

A pesar de sus ánimos, yo seguía pensando que aquello era insostenible y que no se debía solo a mi condición novel: aquellos grupos eran muy problemáticos, me dijeran lo que me dijeran, además de que yo era novata, a qué negarlo. Los compañeros sí reconocían que eran grupos malos y, en cierta medida, me daban parte de razón, cosa que siempre reconforta. Fue una experiencia muy dura, una prueba de fuego de órdago, de hecho, me costó más de dos meses revocar la situación, sobre todo, porque la confirmación de que iba a estar todo el curso cambió la perspectiva desde la que me trataban mis alumnos (insisto, sobre todo, dos grupos). Dejaron de lado el ‘vamos a boicotear a la sustituta' para empezar a pensar que los meses iban pasando y que el curso peligraba, sobre todo, después de ver las notas (generales, no de mi asignatura, que aún a pesar de todo fui benévola) de la primera evaluación.

Tras esa primera mala experiencia, al trabajar en otros centros, comprendí que mi firme convicción de entonces era correcta: aquellos fueron dos grupos que me hicieron la vida imposible, pues no ha pasado tanto tiempo, no soy tan ‘experta' ni profesional, y lo que allí me pasaba no me ha vuelto a pasar.

Ahora mismo, por poner un ejemplo, he tenido que suplir un permiso de 15 días pero, hasta que la administración tramitó mi alta, pasaron 5, por lo que se redujo a 10, y quitando el fin de semana, solo he dado clases 8 días y todo esto, además, a principio de curso, que es cuando más relajado se va porque aún no ha habido ninguna evaluación y acabamos de volver de vacaciones. El alumnado lo sabe y, sin embargo, me dejan hacer, atienden, copian esquemas de la pizarra y, en algún caso, hasta se les ha pasado la clase volando (se han sorprendido al oír el timbre: ¿yaa?, me preguntó una clase de 1º de Bachillerato el primer día que estuve con ellos, sin duda, el mejor piropo que me podían decir).

Lo más sorprendente y alucinante para mí es que, incluso, me han pedido que sea yo quien les dé clase todo el año y, lo que es más inverosímil para mí: ¡me han hecho la pelota! Y eso, ¡aún sabiendo que no les evalúo, que mi nota no influirá para nada en la evaluación y que no pueden obtener nada a cambio! ¡Me han hecho la pelota ‘gratuitamente'! Esto me ha dejado muy descolocada. Por supuesto que a todo el mundo le gusta que le regalen los oídos, pero esto es desconcertante. No soy mejor profesora ni más experta que entonces, no he podido cambiar tanto en tan poco tiempo y, sin embargo, los problemas de actitud con los que me encuentro son los habituales, pero no me encuentro con problemas graves de comportamiento: ni clases enteras hablando sin parar durante toda la hora, ni faltas de respeto e insultos, ni grupos de alumnos que se confabulan para boicotearme la clase, ni me quitan o me esconden el material escolar, ni me retiran la mesa o la silla para que no me siente, ni me arrojan objetos (chicles masticados, tizas, trozos de una papelera rota...) hacia la pizarra, ni se ponen de acuerdo todos para hacer estupideces a la vez cuando me doy la vuelta (tirarse al suelo, silbar, dar palmas, golpear la mesa, meterse debajo de la mesa, tumbarse en la mesa: imagínense mi cara cuando me giro y veo a 25 chavales de 3º de ESO tirándose al suelo a la vez y se ríen en mi cara), ni me ponen un armario ni otros obstáculos en la puerta para que no entre, ni se agreden en medio de clase, ni restriegan un bocadillo de paté por la pizarra y embadurnan el borrador... podría seguir enumerando las delicias que me hicieron pasar, pero no creo que sea necesario, muchos profesores las habrán vivido en sus aulas. Solo son un botón de muestra para que se entienda que mi opinión de que eran malos no era un error, ni era una percepción de novata, eran insoportables y lo seguirían siendo aunque llevara 25 años en la enseñanza.

 

Por eso, saber que llevabas razón, que estabas en lo cierto entonces, da mucha satisfacción, aunque ya no sirva para nada ni tenga efecto retroactivo. Eso sí, al menos, reconforta.

 

Este artículo me apetecía escribirlo para todos aquellos que saben que tienen razón aunque todo el mundo se empeñe en decirles lo contrario y, por fin, el tiempo, que siempre es el mejor juez, les da la razón y, con ello, la gran satisfacción de no haberse equivocado y resarcirse.

 

Marta Pilar Montañez Mesas (27-10-11)

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28 Octubre 2011

No sabemos lo que queremos

 

Llevo varios días pensando que los seres humanos no sabemos lo que queremos, porque nuestro bien más especial, la conciencia, esa mezcla de inteligencia y alma, es, a la vez, lo que deja más en evidencia nuestros defectos y ruindades. Esa conciencia entra en contacto con nuestro otro valor: la voluntad, fruto de la libertad que nos caracteriza.        

Somos incorformistas (y eso puede ser bueno cuando se enfoca hacia una mejora) pero se convierte, sin embargo, en insatisfacción permanente, en no aceptar ni estar de acuerdo con nada, en poner pegas a todo y, en casos extremos, incluso en llevar la contraria porque sí.

Cada día encontramos ejemplos vívidos de esta incoherencia humana: tras el desalojo de la isla canaria afectada por la actividad volcánica que, afortunadamente, no ha ocasionado daños personales ni excesivos daños materiales, algunos vecinos se han quejado de que el desalojo ha sido excesivo. Me pregunto qué hubiera pasado si las erupciones hubieran tenido consecuencias para la población y las fuerzas de seguridad no hubieran actuado: estoy segura de que se habrían quejado diciendo que no hubo previsión, que se podría haber evitado... Pero claro, nadie está a gusto, nadie está conforme con nada. Esos mismos comerciantes y ciudadanos que se quejan de haber vendido poco esa semana o de haber malvivido fuera de sus hogares, quizá se hubieran quejado más si hubieran perdido a un ser querido o su propia vida, eso no se recupera.

En otros casos, sabemos lo que queremos (o eso creemos), pero no somos conscientes del alcance de nuestros deseos. Recientemente, ha reaparecido un famoso toro en una plaza castellonense para deleite de los aficionados a la muerte (no a los toros, que es otra afición que respeto mucho), porque los allí presentes confirmaban sin pudor que iban "a ver sangre" y que el animal, ya bastante placeado, les había decepcionado y había que jubilarlo. Que ya ha estado en muchas plazas, por descontado, que no debería haber vuelto a salir después de matar a una persona, por supuesto, pero la gente no se conforma con que dé emoción saltando y dando volteretas a los mozos atrevidos, no, la gente quiere sangre. Y me viene a la cabeza el valor catártico de las ejecuciones públicas a las que el populacho asistía enfervorecido y aplaudía al ritmo en que brotara la sangre en la guillotina o ardiera la carne en la pira.

Esta imagen de querer aquello que, en conciencia, solo puede calificarse de ruin me transporta a esa otra visión dantesca del cuerpo sin vida de Gadafi, cuyo cadáver ha sido zarandeado hasta la saciedad y exhibido sin contemplaciones, sangrando e inerte, retransmitido hasta la náusea. No cuestiono ni comento la muerte en sí, carezco de la formación suficiente para tener una opinión coherente, sino que aborrezco esa exhibición de la muerte, de la sangre...

No sabemos lo que queremos porque no somos conscientes del efecto de nuestros propios deseos, nadie se para a analizar si lo que quiere, le apetece o le gusta es ético, o responde a un ejercicio de conciencia.

 

Marta Pilar Montañez Mesas (26-10-11)

 

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27 Julio 2011

Impotencia

Cuando sucede algo triste sin que tú lo sepas y solo al cabo del tiempo te enteras de lo que ha sucedido, comienzas a pensar dónde estabas, qué hacías, en qué pensabas o de qué hablabas... mientas estaba sucediendo.

Entonces suena ridículo todo aquello que decías, que pensabas o que estabas haciendo y el hecho de estar o vivir ajenos a esa circunstancia te hace sentir inútil, y, por qué no decirlo, culpable y hasta canalla, por no haber sido consciente de que algo malo estaba sucediendo lejos de donde tú te encontrabas. Se te ocurre pensar cómo no pudiste sospecharlo, cómo el corazón o el alma no te avisaba que algo estaba sucediendo, cómo hacías tu vida ajeno a ese problema.

Al enterarte, todo parece volverse contra ti: por no haber estado ahí, por no haber podido evitarlo, por no haber podido ser de utilidad para intentar solucionarlo o prestar tu ayuda para mejorar las cosas. Es en esos casos cuando piensas qué hubieses hecho si hubieses estado ahí, si hubieses podido echar una mano, cómo hubieses podido ayudar, y, sobre todo, por qué no estabas. Al final, siempre nos preguntamos un por qué.

Cuando quienes queremos sufren y nosotros no estamos ahí para ayudar, nos sentimos responsables, en parte, de no haber podido remediarlo. Es una sensación de impotencia por no haber estado, y de ridículo por haber estado haciendo otras cosas, haciendo una vida normal, inconscientes, ignorantes, completamente ajenos a lo que estaba en realidad sucediendo.

¡Cuántas veces pasan las cosas sin que nos enteremos! Miles de familias harán una vida normal mientras un ser querido tiene un accidente, enferma o le sucede algo grave o desafortunado. El único consuelo, entonces, es la propia ignorancia.

Marta Pilar Montañez Mesas (3-7-11)

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13 Mayo 2011

Lorca: temblor y muerte

 

Parece mentira, como si de una ficción de terror se tratara, pero es peor aún, porque la angustia que se vive en directo es auténtica, los rostros desencajados de desconcierto y pánico ante lo que no se puede dominar, ante lo inexplicable que en unos segundos desuela casas y destruye vidas son vecinos, no viven a miles de kilómetros y nos resultan ajenos, como los de Japón, sino que estas víctimas son nuestras.

Si hay un sentimiento más fuerte incluso que el dolor y la tristeza al ver esas espantosas imágenes es la impotencia, el sentirse inútil, porque va a pasar mucho hasta que esas familias vuelvan a tener siquiera un espacio propio que puedan llamar hogar, porque muchas han perdido sus propiedades materiales, pero también sus bienes inmateriales: un hogar no es solo una vivienda y lo que hay en ella, sino el aroma de cada rincón, el sonido de cada objeto, el conjunto de momentos vividos en ella, cada segundo que uno ha pasado ahí forma parte de su vida y es un bien imborrable, que no lo arrasa ningún temblor, aunque aniquile el contexto que impregnaba.

Me pregunto cómo no se pudo detectar, si se detectó pero mal, como parece ser, según las informaciones de un sismógrafo italiano, si acaso no estamos preparados porque no somos un país con actividad sísmica habitual... Aunque siempre se buscan culpables, poco importa a veces quién tiene la responsabilidad, más vale pensar en soluciones, y esto me parece mucho más complejo todavía.

Ayer fue 11 de mayo, maldita casualidad de los guarismos que quieren que las tragedias ocurran en periodo electoral, solo espero que esto no se convierta en un arma política por respeto a quienes ya no estarán para ir a votar.

Mis lágrimas de pánico e impotencia compartidas miran hoy hacia Lorca.

 

Marta Pilar Montañez Mesas (12-5-11)

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7 Marzo 2011

CRÓNICA. Desayuno con Carmen Posadas

El pasado miércoles 2 de marzo, en la Biblioteca Valenciana, situada en el Monasterio de San Miguel de los Reyes, disfrutamos de una excepcional conferencia de la escritora Carmen Posadas. Mi instituto, entre otros, participa en unas jornadas de acercamiento a quienes muchas veces solo conocemos porque su nombre aparece escrito en la portada de un libro. En este caso la escritora merecía que nos desplazáramos (aunque bien es cierto que el recorrido no era muy largo, tratándose de la misma ciudad, Valencia capital). El día no acompañaba demasiado: estaba nublado, hacía fresco... aunque a mediodía salió ese sol que nos hace evocar la inminente primavera.

Tras una visita guida por el monasterio, que, entre otros tesoros, custodia los restos de los reyes Germana de Foix y Ferran d'Antequera, pasamos a la conferencia, presentada en la iglesia -espacio insólito, por cuanto no se hablaba de un libro sacro, sino de un tema tan poco cristiano como un asesinato, pues así reza el título de su último libro Invitación a un asesinato- donde la autora nos invitó a conocer el plan de viaje de la obra que nos presentaba. Como buena profesional del lenguaje, tan buena guía de lectura nos trazó que ciertos alumnos pensaron en comprárselo ese mismo día (qué pena que ese arrebatado interés literario les dure a algunos tan poco como les dura la atención en clase; aún así, la mera intención de comprarlo ya me basta:  incitar en ellos la cultura, la motivación literaria, que sus intereses vayan más allá de las redes sociales, de salir el fin de semana y de practicar o asistir a deportes mayoritarios, en definitiva, ampliar su perspectiva a otros ámbitos hizo que valiera la pena).

Sin embargo, lo más reseñable para mí de la visita, además de la convivencia con mis alumnos fuera del aula y, sobre todo, por ser de 1º de bachillerato, fue el hecho de conocer personalmente a una escritora de la talla de Carmen Posadas. En ocasiones anteriores he asistido a presentaciones y firmas de libros, en centros comerciales, bibliotecas, facultades, feria del libro... y he departido con escritores, filólogos, lingüistas e investigadores de nivel internacional, pero nunca había podido compartir ‘mesa y mantel' con un escritor profesional, esto es, que puede vivir de lo que escribe. En efecto, antes de comenzar la conferencia, Carmen Posadas nos recibió a los profesores y al escritor que la presentaba en una pequeña sala para compartir con nosotros un desayuno y charlar tranquilamente.

En todo momento se mostró cercana, amable, educada, incluso diría que cariñosa y afectuosa al responder a las preguntas que le formulamos. Algunas de ellas fueron muy interesantes, incluso una periodista de la revista de la propia Biblioteca Valenciana, que la estaba entrevistando cuando llegamos, permaneció con nosotros y mantuvo la grabadora encendida mientras duró el desayuno para registrar también los intereses que motivan la asistencia a un coloquio con escritores desde el ámbito escolar. En primer lugar, comenzó hablando el profesor que la presentaba, para contrastar algunos datos biográficos y negociar el contenido de la presentación que iba a realizar de la escritora. (Omito algunos datos por los que no me pareció adecuada su actitud, ni durante esta entrevista privada, ni durante la presentación propiamente dicha ante los alumnos.) En cuanto a lo verdaderamente importante, la literatura, se habló de varios libros del género, actuales y de otra época, que han podido inspirar a la autora, y surgieron nombres como el de Agatha Christie, fuente de inspiración, sin duda, de muchas de las novelas policíacas, novelas negras y novelas criminales que siguen triunfando en la actualidad.

En segundo lugar, intervino una profesora de adultos, de la Universidad Popular de Valencia, interesada por su faceta de columnista, para conocer su opinión acerca del futuro de la prensa escrita en papel, teniendo en cuenta el poder social de los nuevos medios de difusión a través de la red. La respuesta me abrumó por su sencillez y a la vez por su calidad pues, según la autora, el futuro del periodismo en papel está más en la opinión que en la información, pues esta nos llega por vías más rápidas (la radio, Internet...), en cambio, los textos de opinión parecen ser la parcela que le queda a la prensa escrita, puesto que se consume de forma más pausada, a diferencia de la información, que hoy en día tiene la necesidad de transmitirse de la forma más urgente posible.

Por último, el comentario que humildemente le expuse sobre una frase que le escuché en una entrevista que dio en televisión pareció agradarle y corroboró el sentido en que lo había dicho en aquella ocasión, en un programa del periodista Juan Ramón Lucas. El resto de profesores no comentaron nada, tanto por la falta de tiempo como por no abusar de amabilidad de la escritora, que, además, accedió a fotografiarse con nosotros y, posteriormente, con los alumnos que lo desearon.

En cuanto a la conferencia, fue rítmica, no muy larga, por lo que se antojó corta, incluso para los alumnos, quizá porque la autora no habló demasiado, ya que el presentador tomó la palabra y parecía querer quitarle el protagonismo porque sus turnos se prolongaron mucho más que los de Carmen Posadas. Aún así, su exposición fue clara, concreta, sin divagar (algo muy frecuente entre los escritores consagrados que saben tanto a veces, que no saben trasmitir nada, todo lo contrario que esta autora); pero, sobre todo, su conferencia tuvo dos claves: el humor (pues su máxima es que la literatura ha sido siempre y debe continuar siendo para el entretenimiento) y las técnicas de escritura (‘trucos' decía ella, como restándole importancia al mérito de reinventar los tópicos, los temas y las estructuras literarias para renovarlas y crear nuevas formas de escritura y de lectura). En síntesis, su presentación fue un verdadero taller de escritura exprés, una lección de técnicas de expresión escrita creativa y un estímulo para el acto íntimo que es la lectura, en especial, para quienes leen más por obligación que por placer y acaban detestando la literatura a fuerza de leer solo los clásicos durante su etapa de instituto, solo por eso, gracias, Carmen.

Para finalizar, en el turno de preguntas, varias personas participaron del buen ambiente con acertadas preguntas sobre la inspiración en el proceso de escritura, las satisfacciones que le han dado sus obras, así como el tema del asesinato y su planteamiento en la obra. Tan elocuente fue su disertación, que muchos mostraron interés por sus obras y por empezar a leerlas de inmediato. En mi caso, estoy con La bella Otero, aunque tengo una cita muy especial cuando la acabe: soy una de las invitadas al asesinato, y, ahora que lo pienso... ¿seré acaso yo el asesino?

Marta Pilar Montañez Mesas (6-3-11)

 

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1 Marzo 2011

Petardos 2.0

He llegado a la conclusión de que hay un señor que censura la venta al público de pólvora en Valencia hasta el día 1 de marzo. Hoy, precisamente, comienza el mes fallero para los valencianos y, con ello, un sinfín de actos festivos que nos amenizan (quienes me conocen saben que detesto esta palabra y toda su familia léxica, en especial, ameno y amena), mejor dicho, nos invaden durante 20 días. Exactamente eso es lo que dura el ‘abierta la veda' de petardos por las calles. Hasta ayer no se oía ni una simple bombeta: el más bajo miembro del escalafón petardil, apenas un saquito de vivo color con una pequeña carga dentro que suena de forma irrisoria cuando un bebé lo deja caer mientras su padre deja caer sus babas de orgulloso papá-fallero. La criatura ignora que ya no hay vuelta atrás, que ya es fallero, que lleva inscrito en el casal desde que fue concebido y su madre vio la primera ecografía, y ya tenía la tela encargada para el vestido (si era nena) o para el chaleco (si era ‘xiquet'). He dicho bebé, porque los niños (de 3-4 años para arriba) ya no tiran bombetas o cebolletas, sino chinos o estrellas, porque ‘las bombetas son para niños pequeños, yo quiero petardos de verdad', y el padre le endosa una mecha (cordón de un palmo, generalmente naranja, prendido de un cabo, con que van encendiendo las mechas de los petarditos).

El tamaño del petardo va creciendo a medida que el chaval lo hace y pronto participa en la despertà con masclets de verdad y quiere ser el que más cerca se ponga en la mascletà, la del barrio o la del ayuntamiento. Pero solo del 1 al 20 de marzo, ¡y esto es lo increíble! Durante el resto del año (llamémosle ‘no fallero'), se realizan muchas mascletàs y castillos, pero no suelen tirarse petardos en la calle, solo tracas en las bodas o en alguna celebración fallera aislada, pero no por costumbre, como si el resto del año los petardos estuvieran vedados o censurados. Desconozco si existe alguna ordenanza municipal que prohíba expresamente su uso fuera del ‘mes fallero' (lo dudo), por lo que la única explicación que el veo es la del señor que los censura, si no, con lo que nos gusta el ruido, no lo entiendo. Soy valenciana y he crecido con el ruido ensordecedor de las fallas, sus útiles calles cortadas, su masificación, pero también su emoción, la alegría de la música, la vida en la calle... En la balanza, gana lo bueno. Por eso me extraña la ausencia de sonidos falleros y, sobre todo, me sorprende que desde hoy esté escuchando petardos sin parar y hasta ayer era como si no existieses. Lo mismo me sucederá el 20 de marzo, la resaca se lleva el ruido, es como si se mojaran con el agua que apaga los últimos ninots y ya no ardiera esa pólvora, o ya no pudiera arder, porque ya sería agua pasada, fallas pasadas y ya no tuvieran que sonar.

Lo que me pregunto es qué pasará con los petardos en los próximos años con los que llaman ‘nativos tecnológicos' o ‘nativos 2.0', es decir, las generaciones que están naciendo ya en la era tecnológica y que no han conocido la tecnología anterior al siglo XXI, ¿jugarán en su videoconsola a diseñar y simular mascletàs? ¿sustituirán la mecha y el encendido del petardo por el ‘play' de la pantalla táctil? ¿perderán la emoción del petardo con la mecha prendida en la mano justo instantes antes de lanzarlo para que explote lejos? Es curioso que la tecnología ha podido sustituir nuestros sentidos más potentes (la vista y el oído), pero no los considerados más débiles (el olfato, el gusto y el tacto), pues, en efecto, todavía no hay ningún programa que nos acaricie, ni nos abrace, ni desprenda el olor de lo que estamos viendo, ni nos haga experimentar el sabor de un pastel fotografiado en una pantalla (de momento...). Si llega a existir un petardo 2.0, aunque quizá sea menos peligroso, no creo que sea tan emocionante, aunque seguro que ese sí sonaría todo el año y no solo en el mes fallero.

Felices fiestas a los falleros y ánimo a los currantes y a los no falleros que en unos días nos cortan Valencia y se pone un poquito más complicado ir a trabajar.

Marta Pilar Montañez Mesas (1-3-11)

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Hola a todos! soy una filóloga a quien le encanta escribir. En este viaje vital, he decidido hacer una parada con destino en tu corazón. Saludos!!!

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