30 Abril 2012
El miedo es uno de los sentimientos más fuertes e incontrolables que experimenta el ser humano. Dice el refrán que es libre y eso vale tanto como decir que existen numerosos tipos de miedos: a lo desconocido, a la enfermedad, a la muerte, a la soledad, a la traición, al vacío, a la ausencia... Se teme lo fuerte, lo grande (porque sabemos que puede con nosotros), pero también lo débil (porque si llega a vencernos habremos perdido nuestra fortaleza o nuestro poder). También tememos si le pasa a otro, porque nos ponemos en su situación, nos identificamos con su problema e imaginamos, a veces inconscientemente, lo terrible que sería si nos ocurriera a nosotros.
Hay otros sentimientos poderosos, como la incertidumbre o la duda, pero en ellos subyace una suerte de miedo: la incertidumbre es la tensión de no saber qué va a pasar y temer lo peor deseando lo mejor; por su parte, la duda implica el temor de descubrir la opción más temida (aunque para Galdós vivir con la duda era peor que constatar la verdad, sea favorable o no para nuestros intereses).
Temor y miedo se parecen, los usamos como sinónimos porque encierran un valor parecido, pero quizá el temor es el miedo prospectivo, hacia el futuro, hacia lo que "puede pasar", en cambio, el miedo se experimenta cuando algo está sucediendo y no sabemos cómo reaccionar o cómo afrontar la situación y tememos lo que puede pasar de ahí en adelante. Pasa cuando alguien está enfermo y no sabemos cómo va a evolucionar o si va a surtir efecto la medicación...
El miedo es un sentimiento inabarcable y a veces no se puede explicar: ciertas cosas o situaciones nos producen pavor sin que podamos justificarlo, de ahí las fobias que muchos desarrollan y que les hacen sufrir sin que puedan controlarlo (la oscuridad, los espacios cerrados, o abiertos, ciertos animales, los payasos,...). Algunas de estas fobias son inhóspitas para la mayoría, y a veces causan vergüenza propia, lo que las convierte en tabús, en cosas que no se dicen, pero se padecen calladamente.
La música se ha nutrido en muchos casos de este sentimiento y la palabra ‘miedo' aparece en muchas melodías (cualquiera pensando puede recordar alguna), también la poesía la utiliza con frecuencia (en este mismo blog se ha usado alguna vez), porque es algo tan fuerte que no nos deja indiferentes aunque pase el tiempo, y a menudo evocamos una situación y un eco de aquel miedo vivido nos vuelve a recorrer el cuerpo, como cuando despertamos de una pesadilla y su recuerdo nos perturba aunque sepamos que ya ha pasado todo.
Hay quien incluso se recrea en el miedo, pero no es un miedo real el que se disfruta ante una película de terror o en determinadas atracciones, más bien es una tensión controlada, que uno elige a propósito y sabe a lo que va. El miedo real es el incontrolable, el que uno trata de menguar con palabras de calma, con argumentos de tranquilidad, con pensamientos positivos y, aún así, nos mantiene alerta. Supongo que este es también el de los toreros, que siempre dicen que hay que tenerle respeto al toro y no fingir que no se tiene miedo, porque un exceso de confianza puede traicionarles.
He pasado miedo muchas veces en mi vida, y en ocasiones me ha sucedido que he sentido más miedo incluso cuando ya ha pasado todo, cuando he racionalizado la situación y me he dado cuenta de lo que podría haber pasado, de la gravedad de los hechos o del peligro de la situación. En ciertos momentos he mantenido una calma inusual o una falsa frialdad o, mejor dicho, una súbita inconsciencia, y ha sido al pasar un poco el verdadero peligro cuando me he derrumbado o he roto a llorar al pensar detenidamente las cosas, al ser consciente de que de verdad había sucedido.
El miedo nos hace débiles y nos impide pensar, nos atenaza y puede hacernos tomar una decisión equivocada o dejarnos inactivos, sin capacidad de reacción; después nos damos cuenta de que no hicimos nada, de que era más poderoso que nosotros, porque, en definitiva, es humano tener miedo, podemos tratar de controlarlo sopesando si la situación implica o no un peligro real, pero, como la memoria, no depende de nosotros: hay cosas que desearíamos recordar y se nos escapan y otras que querríamos borrar para siempre y permanecen en nosotros. El miedo tampoco se controla y nadie puede decir que nunca ha sentido miedo: si no pudiéramos sentir el miedo, no tendríamos conciencia o no seríamos humanos.
Para todos los que son conscientes de su miedo y tratan de superarlo.
Marta Pilar Montañez Mesas (28-4-12)
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3 Abril 2012
Hay textos que uno está deseando escribir: una invitación, una felicitación, un homenaje... Y hay textos que no quisieras tener que escribir, aquellos que comunican hechos terribles, que a nadie le gustaría tener que transmitir. Los vas postergando, como las tareas ingratas, que dejas para otro momento, pero que haces porque no hay más remedio. Se te plantean en la vida y no puedes esquivarlos.
Llevo días escogiendo palabras, buscando el momento, intentando reunir en unas líneas un sentimiento que me ha sobrecogido el corazón, un sentimiento que no quisiera tener, y no encuentro las palabras adecuadas, tiernas, comprensivas, sinceras, pero sin caer en lo tópico, sin que resulte incómodo y con el tacto que requieren ciertos actos comunicativos, como el que quiero poner por escrito.
Como profesora, me veo en la obligación de escribir cosas que no quiero: amonestaciones, castigos, suspensos... Es muy comprometido que en tus manos esté el destino de alguien, por eso no estudié medicina, pero, en cierta manera, algunas de nuestras decisiones afectan a otras personas, y esa responsabilidad es muy ingrata, es una tarea que preferiría no tener que realizar. Enseñar, explicar, trabajar con los alumnos son tareas enriquecedoras, dinámicas y que desarrollan las capacidades de cada uno, también las mías, pero tener que evaluar, sancionar y, dado el caso, suspender a alguien, son obligaciones muy ingratas que, encima, han de refrendarse por escrito, para que quede constancia. La evaluación nos demoniza, por muy constructivo que uno quiera ser.
Las palabras que trataba de encontrar estos días eran otras, mucho más difíciles de expresar, son las de las ocasiones terribles, como las malas noticias, que no hay más remedio que darlas pero que duelen tanto al que las da como, sobre todo, a quien las recibe, que tendrá que vivir con ellas. Las condolencias son siempre terroríficas y más, cuando la destinataria es alguien a quien se aprecia, se quiere y se siente tan cercana. Un ‘lo siento' acaba siendo un texto vacío, porque nada de lo que digas en un momento así tiene sentido. La pérdida de un ser querido es insuperable, y cada uno trata de ayudar a su manera. El apoyo de quienes te rodean, las muestras de cariño, las palabras tiernas, comprensivas, de auxilio en un momento donde todo se hunde... son formas de tratar de ayudarte, aunque a fuerza de repetirse puedan acabar sonando huecas, aunque de corazón sean sinceras.
Recibe mi abrazo, mi cariño, mis torpes palabras que solo tratan de consolarte. De corazón, lo siento.
Marta Pilar Montañez Mesas (2-4-12)
In Memoriam M.A.M.C
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3 Abril 2012
Hay textos que uno está deseando escribir: una invitación, una felicitación, un homenaje... Y hay textos que no quisieras tener que escribir, aquellos que comunican hechos terribles, que a nadie le gustaría tener que transmitir. Los vas postergando, como las tareas ingratas, que dejas para otro momento, pero que haces porque no hay más remedio. Se te plantean en la vida y no puedes esquivarlos.
Llevo días escogiendo palabras, buscando el momento, intentando reunir en unas líneas un sentimiento que me ha sobrecogido el corazón, un sentimiento que no quisiera tener, y no encuentro las palabras adecuadas, tiernas, comprensivas, sinceras, pero sin caer en lo tópico, sin que resulte incómodo y con el tacto que requieren ciertos actos comunicativos, como el que quiero poner por escrito.
Como profesora, me veo en la obligación de escribir cosas que no quiero: amonestaciones, castigos, suspensos... Es muy comprometido que en tus manos esté el destino de alguien, por eso no estudié medicina, pero, en cierta manera, algunas de nuestras decisiones afectan a otras personas, y esa responsabilidad es muy ingrata, es una tarea que preferiría no tener que realizar. Enseñar, explicar, trabajar con los alumnos son tareas enriquecedoras, dinámicas y que desarrollan las capacidades de cada uno, también las mías, pero tener que evaluar, sancionar y, dado el caso, suspender a alguien, son obligaciones muy ingratas que, encima, han de refrendarse por escrito, para que quede constancia. La evaluación nos demoniza, por muy constructivo que uno quiera ser.
Las palabras que trataba de encontrar estos días eran otras, mucho más difíciles de expresar, son las de las ocasiones terribles, como las malas noticias, que no hay más remedio que darlas pero que duelen tanto al que las da como, sobre todo, a quien las recibe, que tendrá que vivir con ellas. Las condolencias son siempre terroríficas y más, cuando la destinataria es alguien a quien se aprecia, se quiere y se siente tan cercana. Un ‘lo siento' acaba siendo un texto vacío, porque nada de lo que digas en un momento así tiene sentido. La pérdida de un ser querido es insuperable, y cada uno trata de ayudar a su manera. El apoyo de quienes te rodean, las muestras de cariño, las palabras tiernas, comprensivas, de auxilio en un momento donde todo se hunde... son formas de tratar de ayudarte, aunque a fuerza de repetirse puedan acabar sonando huecas, aunque de corazón sean sinceras.
Recibe mi abrazo, mi cariño, mis torpes palabras que solo tratan de consolarte. De corazón, lo siento.
Marta Pilar Montañez Mesas (2-4-12)
In Memoriam M.A.M.C
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24 Febrero 2012
Una chica se acerca con papeletas recortadas. En ellas, con un español no del todo correcto pero sí lastimero, pide trabajo o una moneda y argumenta con la imagen en blanco y negro de un niño (supuesto hijo suyo), confiesa que le avergüenza pedir pero lo prefiere a robar, y agradece la donación con una alabanza y una prez a Dios para que recompense a quien le ofrezca su ayuda. La papeleta acaba solicitando que se devuelva (para reutilizarla) y, al poco rato, la chica vuelve y agradece a los muchos que le entregan, junto al usado papel, su donativo. Cada céntimo entregado muestra la generosidad y la buena conciencia que los pacientes y sus acompañantes tienen, sobre todo, en la sala de espera de un hospital, donde más vulnerable se siente una persona, cuando mejor comprende que la salud no se compra y que esa moneda, que en su bolsillo apenas se resiente, puede hacerle mucha falta a otro.
La buena voluntad, ese buen corazón de la gente, alimenta un negocio que me enternece y me preocupa a partes iguales. Por un lado, la miseria, la mendicidad, la pobreza extrema han situado hoy en día a muchos en una tesitura impensable, y cualquiera puede verse en la calle. Por otro lado, la crisis agudiza el ingenio y siempre hay quien se aprovecha de la situación. Así, mientras yo misma busco entre mis monedas una que limpie mi conciencia y contribuya al bien de la chica pobre, un celador se aproxima y la echa de la sala, le rompe los papeles y la amenaza con llamar a la policía si vuelve a verla por ahí.
Imaginaba que la mendicidad estaría prohibida en este recinto, lo que no sospechaba es lo que después nos ha contado el celador: se trata de una mafia organizada, en la que varias chicas recorren las salas de espera con las papeletas, casi todas del mismo tono y con fotos de niños, seguramente falsas, pidiendo dinero, mientras varios hombres, quizá sus maridos, las esperan a la salida para recaudar las ganancias. En varias horas sacan un dinero muy jugoso y como las salas no tienen memoria, porque cada día los pacientes son distintos, el negocio no decae.
El celador advierte que van bien vestidas, y que esa supuesta pobreza que arguyen no es posible, a tenor de sus dentaduras de oro (detalle en que yo no había reparado) o de su vestuario (que en nada denota carestía). A priori, pasan desapercibidas, como unas pacientes más, se mueven con soltura y conocen el hospital, controlan los puntos de atención del personal sanitario, por lo que en algunos casos se ha detectado que, incluso, aprovechan los momentos en que hacen pruebas en otra planta a alguien ingresado, para saquear las habitaciones.
Devuelvo mi moneda junto a las otras, e intercambio una mirada con mi madre, tan decepcionada como yo, de la ruindad humana, no solo de la miseria económica, sino de la actitud de quienes siguen jugando con los sentimientos de la buena gente para hacer negocio, ruin y mezquino. Siempre ha existido el timo basado en la caridad, pero constatar que sigue vigente resulta despreciable en una época en la que la mayoría hace esfuerzos por seguir adelante y, aún así, saca una moneda para auxiliar a otro que se finge más necesitado. Lo más triste es que alguno verdaderamente necesitará esa caridad y entonces, como casi siempre, pagarán justos por pecadores. Una lástima.
Marta Pilar Montañez Mesas (21-02-12)
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19 Diciembre 2011
Las malas noticias son como puertas que se te cierran de golpe, como losas terribles que te dejan fuera, pero no libre, sino encerrado en ti mismo, en tu tristeza, en tu dolor, en tu vacío, en la soledad de que no te entiendan o no sepan consolarte. A veces nos sentimos incomprendidos y, sin embargo, quienes no nos ayudan no lo hacen por indiferencia, sino porque quizá ya han pasado por algo parecido y saben que el único consuelo es el tiempo, esa panacea que no nos cura, pero apacigua la tirantez de las heridas, que, aunque cicatrizan, nos dejan marcas imborrables, profundas algunas, y otras suavizadas con nuevos cariños e ilusiones.
Cuando se te cierra una puerta sueles atravesar por momentos que otros han vivido ya, pero que para ti son nuevos, son tus momentos, días negros o muy grises... y no se parecen a nada que pudieras haber imaginado: estos duelen de verdad. Una relación rota, la espera de unos resultados, la amenaza de una enfermedad, la pérdida del puesto de trabajo... sobre todo, cuando sobrevienen sin avisar, de improviso, como un mazazo que te golpea, como una puerta en las narices. Y vaya si duele.
La puerta es uno de los símbolos más ricos y productivos de nuestra concepción del mundo. Como la mayoría de pensamientos y conceptos mentales contiene la doble vertiente positiva y negativa, optimista y pesimista, que refleja cómo somos, cómo sentimos o cómo enfrentamos los problemas. Siempre hay que intentar solucionar aquello que nos preocupa, pero no siempre tenemos la llave y a veces nos han cambiado la cerradura para que no podamos pasar y arreglar las cosas.
La puerta cerrada es el problema sin solución, es la impotencia de no poder hacer nada, porque no depende de nosotros, es un escollo que te encuentras y que se levanta ante ti como una montaña, inaccesible y que no puedes subir tú solo. Cuando todo te sale mal, cuando parece que todo está contra ti, y hagas lo que hagas no consigues que nadie te abra la puerta, te ayude, te eche una mano o, simplemente, te comprenda o se sienta identificado contigo, te desesperas y quizá te rebeles contra el mundo y lo pagues con quien menos se lo merece.
La puerta abierta, por el contrario, siempre ha representado la esperanza, el futuro, una luz que nos hace vislumbrar una salida, una posible solución, una vía de escape, quizá no es la mejor ni la que esperábamos, pero nos presenta una posibilidad, a veces no imaginada, que nos invita a ilusionarnos de nuevo, que nos alivia y que, en parte, compensa esa pérdida o ese fracaso que nos tenía encerrados.
También estas puertas se abren a veces por sorpresa, alguien que no te esperas se convierte en tu salvador, en tu mejor apoyo, en una mano tendida sin esperar nada a cambio. Las puertas de las que hablo son como las que mueve el aire, que se abren y se cierran sin que hagamos nada, al margen de nuestra voluntad, y nos frenan o nos marcan un camino sin que lo esperemos.
A veces, la puerta que se abre y se cierra es la misma, y entonces la satisfacción es máxima, como un tesoro perdido y recobrado, como una ilusión olvidada y revivida en la esperanza de un futuro mejor. Hace un tiempo, por razones laborales, una puerta se me cerró y, en ese momento, pensé que sería para siempre. Sin embargo, esa misma puerta se me puede volver a abrir en unos meses. No es seguro, tienen que abrirse y cerrarse otras puertas para que eso suceda, pero la mera posibilidad de poder atravesar de nuevo esa puerta me genera una ilusión y una emoción que tenía olvidadas.
Para todos aquellos aprendices de "cerrajeros"
que tratan de abrir las puertas que la vida se empeña de cerrarles,
porque seguro que traspasarán el umbral hacia la esperanza.
Marta Pilar Montañez Mesas (18-12-11)
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2 Noviembre 2011
Cuando empecé a ejercer de profesora de secundaria me encontré con un mundo que desconocía y, además, todo me vino de sopetón, pues no me imaginaba que me iban a llamar para trabajar. Todo se me hacía cuesta arriba: los madrugones a las 5.10 de la mañana, los 122 km de viaje de idea y los mismos de vuelta diarios, autobús-tren-coche en diferentes combinaciones durante toda la semana, una tutoría maja pero en la que no tenía ni idea de qué hacer, nadie te prepara para eso, y un horario en el que todos los días acababa a las 3.05, es decir, tenía las últimas horas.
Nada más empezar, y con la perspectiva de estar casi todo un trimestre y, en consecuencia, de evaluarlo, no imaginaba que me lo iban a poner tan difícil. En concreto, de mis 6 grupos, 2 se dedicaron a hacerme la vida imposible. Entonces, cuando volvía a casa rendida después de muchas horas (a veces más de 12) de estar fuera, y me quejaba de lo duro que estaba siendo, quienes bien me quieren me consolaban diciéndome que todo se debía a mi condición de novata, que estaba ‘pagando la novatada' y que con el tiempo, todo iría mejor, que no podía dejar que me afectara tanto, por salud y por calidad de vida.
A pesar de sus ánimos, yo seguía pensando que aquello era insostenible y que no se debía solo a mi condición novel: aquellos grupos eran muy problemáticos, me dijeran lo que me dijeran, además de que yo era novata, a qué negarlo. Los compañeros sí reconocían que eran grupos malos y, en cierta medida, me daban parte de razón, cosa que siempre reconforta. Fue una experiencia muy dura, una prueba de fuego de órdago, de hecho, me costó más de dos meses revocar la situación, sobre todo, porque la confirmación de que iba a estar todo el curso cambió la perspectiva desde la que me trataban mis alumnos (insisto, sobre todo, dos grupos). Dejaron de lado el ‘vamos a boicotear a la sustituta' para empezar a pensar que los meses iban pasando y que el curso peligraba, sobre todo, después de ver las notas (generales, no de mi asignatura, que aún a pesar de todo fui benévola) de la primera evaluación.
Tras esa primera mala experiencia, al trabajar en otros centros, comprendí que mi firme convicción de entonces era correcta: aquellos fueron dos grupos que me hicieron la vida imposible, pues no ha pasado tanto tiempo, no soy tan ‘experta' ni profesional, y lo que allí me pasaba no me ha vuelto a pasar.
Ahora mismo, por poner un ejemplo, he tenido que suplir un permiso de 15 días pero, hasta que la administración tramitó mi alta, pasaron 5, por lo que se redujo a 10, y quitando el fin de semana, solo he dado clases 8 días y todo esto, además, a principio de curso, que es cuando más relajado se va porque aún no ha habido ninguna evaluación y acabamos de volver de vacaciones. El alumnado lo sabe y, sin embargo, me dejan hacer, atienden, copian esquemas de la pizarra y, en algún caso, hasta se les ha pasado la clase volando (se han sorprendido al oír el timbre: ¿yaa?, me preguntó una clase de 1º de Bachillerato el primer día que estuve con ellos, sin duda, el mejor piropo que me podían decir).
Lo más sorprendente y alucinante para mí es que, incluso, me han pedido que sea yo quien les dé clase todo el año y, lo que es más inverosímil para mí: ¡me han hecho la pelota! Y eso, ¡aún sabiendo que no les evalúo, que mi nota no influirá para nada en la evaluación y que no pueden obtener nada a cambio! ¡Me han hecho la pelota ‘gratuitamente'! Esto me ha dejado muy descolocada. Por supuesto que a todo el mundo le gusta que le regalen los oídos, pero esto es desconcertante. No soy mejor profesora ni más experta que entonces, no he podido cambiar tanto en tan poco tiempo y, sin embargo, los problemas de actitud con los que me encuentro son los habituales, pero no me encuentro con problemas graves de comportamiento: ni clases enteras hablando sin parar durante toda la hora, ni faltas de respeto e insultos, ni grupos de alumnos que se confabulan para boicotearme la clase, ni me quitan o me esconden el material escolar, ni me retiran la mesa o la silla para que no me siente, ni me arrojan objetos (chicles masticados, tizas, trozos de una papelera rota...) hacia la pizarra, ni se ponen de acuerdo todos para hacer estupideces a la vez cuando me doy la vuelta (tirarse al suelo, silbar, dar palmas, golpear la mesa, meterse debajo de la mesa, tumbarse en la mesa: imagínense mi cara cuando me giro y veo a 25 chavales de 3º de ESO tirándose al suelo a la vez y se ríen en mi cara), ni me ponen un armario ni otros obstáculos en la puerta para que no entre, ni se agreden en medio de clase, ni restriegan un bocadillo de paté por la pizarra y embadurnan el borrador... podría seguir enumerando las delicias que me hicieron pasar, pero no creo que sea necesario, muchos profesores las habrán vivido en sus aulas. Solo son un botón de muestra para que se entienda que mi opinión de que eran malos no era un error, ni era una percepción de novata, eran insoportables y lo seguirían siendo aunque llevara 25 años en la enseñanza.
Por eso, saber que llevabas razón, que estabas en lo cierto entonces, da mucha satisfacción, aunque ya no sirva para nada ni tenga efecto retroactivo. Eso sí, al menos, reconforta.
Este artículo me apetecía escribirlo para todos aquellos que saben que tienen razón aunque todo el mundo se empeñe en decirles lo contrario y, por fin, el tiempo, que siempre es el mejor juez, les da la razón y, con ello, la gran satisfacción de no haberse equivocado y resarcirse.
Marta Pilar Montañez Mesas (27-10-11)
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28 Octubre 2011
Llevo varios días pensando que los seres humanos no sabemos lo que queremos, porque nuestro bien más especial, la conciencia, esa mezcla de inteligencia y alma, es, a la vez, lo que deja más en evidencia nuestros defectos y ruindades. Esa conciencia entra en contacto con nuestro otro valor: la voluntad, fruto de la libertad que nos caracteriza.
Somos incorformistas (y eso puede ser bueno cuando se enfoca hacia una mejora) pero se convierte, sin embargo, en insatisfacción permanente, en no aceptar ni estar de acuerdo con nada, en poner pegas a todo y, en casos extremos, incluso en llevar la contraria porque sí.
Cada día encontramos ejemplos vívidos de esta incoherencia humana: tras el desalojo de la isla canaria afectada por la actividad volcánica que, afortunadamente, no ha ocasionado daños personales ni excesivos daños materiales, algunos vecinos se han quejado de que el desalojo ha sido excesivo. Me pregunto qué hubiera pasado si las erupciones hubieran tenido consecuencias para la población y las fuerzas de seguridad no hubieran actuado: estoy segura de que se habrían quejado diciendo que no hubo previsión, que se podría haber evitado... Pero claro, nadie está a gusto, nadie está conforme con nada. Esos mismos comerciantes y ciudadanos que se quejan de haber vendido poco esa semana o de haber malvivido fuera de sus hogares, quizá se hubieran quejado más si hubieran perdido a un ser querido o su propia vida, eso no se recupera.
En otros casos, sabemos lo que queremos (o eso creemos), pero no somos conscientes del alcance de nuestros deseos. Recientemente, ha reaparecido un famoso toro en una plaza castellonense para deleite de los aficionados a la muerte (no a los toros, que es otra afición que respeto mucho), porque los allí presentes confirmaban sin pudor que iban "a ver sangre" y que el animal, ya bastante placeado, les había decepcionado y había que jubilarlo. Que ya ha estado en muchas plazas, por descontado, que no debería haber vuelto a salir después de matar a una persona, por supuesto, pero la gente no se conforma con que dé emoción saltando y dando volteretas a los mozos atrevidos, no, la gente quiere sangre. Y me viene a la cabeza el valor catártico de las ejecuciones públicas a las que el populacho asistía enfervorecido y aplaudía al ritmo en que brotara la sangre en la guillotina o ardiera la carne en la pira.
Esta imagen de querer aquello que, en conciencia, solo puede calificarse de ruin me transporta a esa otra visión dantesca del cuerpo sin vida de Gadafi, cuyo cadáver ha sido zarandeado hasta la saciedad y exhibido sin contemplaciones, sangrando e inerte, retransmitido hasta la náusea. No cuestiono ni comento la muerte en sí, carezco de la formación suficiente para tener una opinión coherente, sino que aborrezco esa exhibición de la muerte, de la sangre...
No sabemos lo que queremos porque no somos conscientes del efecto de nuestros propios deseos, nadie se para a analizar si lo que quiere, le apetece o le gusta es ético, o responde a un ejercicio de conciencia.
Marta Pilar Montañez Mesas (26-10-11)
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30 Septiembre 2011
El miércoles acompañamos a mi tío para despedirlo antes de subir al avión. Mi padre paró el coche en un sitio donde no molestaba y se indicaba que se permitía la parada para dejar o coger pasajeros.
A nuestro lado, apareció rápidamente un operario de la empresa aeroportuaria para indicarnos, con evidente enfado y en un tono más que reglamentario, casi prohibitivo:
- - La espera no está permitida
Mi padre pensaba quedarse junto al vehículo mientras nosotras (mi madre y yo) acompañábamos a mi tío al mostrador a facturar y hasta la puerta de embarque, por si algo, inesperadamente, le pitaba en el arco de detección de metales o le hacían tirar cualquier otro objeto prohibido antes de pasar a la zona exclusiva de pasajeros. En total la espera no se iba a prolongar más de 5 ó 10 minutos, pues no había ninguna cola en el mostrador y no valía la pena entrar al parquin para 5 minutos.
Mientras descargábamos las maletas, buscábamos un carrito portaequipajes y nos despedíamos (sobre todo, mi padre, que en ningún momento iba a dejar solo el coche), volvió a aparecer el operario para retirar un coche que estaba aparcado junto al nuestro con una grúa, una cámara de fotos para inmortalizar el vehículo infractor y un ‘recetario' de pegatinas naranjas para decorar el suelo tras retirar el vehículo.
En todo momento nos miraba y remiraba con una mezcla de soberbia, amenaza y como frotándose las manos esperando que mi coche fuera el próximo ‘agraciado' con una de sus pegatinitas naranjas, en definitiva, con una actitud muy desafiante.
Por aquello de que "cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar", decidimos que mi padre se marchara mientras nosotras acompañábamos a mi tío esos 5-10 minutos hasta dejarle al otro lado del arco.
Hasta aquí no tendría más historia esta anécdota que la simple constatación de que, al tratarse de una entidad privada (o privatizada), ha renovado y ha reformado el establecimiento aeroportuario, que se ha modernizado con diversos servicios, como el acceso en metro y, por supuesto, un impresionante aparcamiento.
Entiendo que hay que amortizarlo, que probablemente dará trabajo a muchas personas, y que este operario se pasa el día repitiendo a todo el que llega que no se puede estacionar ni quedarse esperando. Entiendo, asimismo, que habrá razones de embotellamiento para impedirlo, porque uno o dos coches no molestan, pero diez sí (quien haya estado en el aeropuerto de Valencia sabe lo estrechos que son los carriles de entrada a puertas de salidas y llegadas que, eso sí, están en diferentes niveles y el tránsito de pasajeros es más fluido).
Ahora bien, y continuo con la anécdota. Cuando nos dirigíamos al interior y mi padre se disponía a marcharse con el coche, el operario estaba dejándole la pegatina al pobre conductor de al lado, ausente, y al colocarle el resguardo en el limpiaparabrisas, pronunció en voz alta y con evidente alegría y satisfacción:
- - ¡Ala! Toma, un regalito
Ante estas palabras, respondí, y casi me salió del alma, aunque no directamente a él, sin mirarle, como si pensara en voz alta, y dije:
- - Será porque los billetes son baratos...
Y él, por supuesto, se dio por aludido y tampoco se calló:
- - Más barato es el parquin que esto (refiriéndose a la multa y al enganche de grúa)
Sobre el papel me cuesta reproducir lo grosera que fue su respuesta, tanto al poner el resguardo en el otro coche, como al responder a mi comentario lanzado al aire. Entiendo que retirar los vehículos que están en una zona prohibida y advertir a los conductores que van llegando es su trabajo. Lo que no entiendo es que alguien se mofe o incluso disfrute del mal ajeno.
Entiendo y respeto que ahí no se puede estacionar el vehículo, ni permanecer en él a la espera, solo parar para dejar personas, y así lo hicimos. Pero no puedo entender la actitud de este trabajador. Entiendo que todo el mundo tiene derecho a trabajar, y que todas las profesiones y oficios son respetables. También soy consciente de que el éxito o, al menos, el objetivo de algunos trabajos es gestionar los problemas, errores o negligencias ajenos, pero de ahí a que se disfrute con ello, hay un paso muy grande.
Está claro que el mal de unos beneficia a otros. Aún recuerdo las palabras de la entonces ministra D. Celia Villalobos cuando, a causa de la enfermedad de la encefalopatía espongiforme bovina ("vacas locas"), en lugar de tranquilizar a la población, establecer medidas de protección hacia el sector y medidas de salud pública, recomendó que, en vez de ternera, comiéramos cerdo o conejo: "que también están muy ricos", argumento de peso donde los haya, pero que debió de contentar poco a los criadores de bovino. Lógicamente, el problema de las granjas de vacuno podría beneficiar (reactivar o incrementar) el consumo y, por tanto, la producción, de las granjas porcinas o de conejos, pero sería muy ruin alegrarse del mal ajeno, porque nunca se sabe cuándo puede volverse contra ti.
Es como si los trabajadores de los servicios fúnebres, cuya labor resulta imprescindible y que son un apoyo fundamental para las familias en un trance tan doloroso e inevitable en la vida, se alegraran y se mofaran de esas familias. Su trabajo depende del mal de otro, sí, pero lo realizan con respecto, y su satisfacción es la labor social y humana que realizan, pero no se van a un hospital de enfermos terminales ni a unas urgencias a mirar y remirar frotándose las manos cada vez que entra un enfermo en estado crítico o en coma, ni dicen ‘¡bien!', cuando avisan del mortuorio con una defunción.
Reconozco que la comparación puede resultar algo excesiva, pero no es menos cierto que se puede ejercer un oficio con dignidad y sentido del deber, con una actitud responsable (cumpliendo nuestras tareas) y no desafiante ni satisfecha ante el mal ajeno.
Marta Pilar Montañez Mesas (30-09-11)
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